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sonsoles
21 September 2009 @ 05:40 pm
 NUESTRO TIEMPO LIBRE.
 
Desde muy temprana edad, el género humano se ha caracterizado por vivir en sociedad, y por ende, por desarrollar determinadas tareas rutinarias que hoy denominamos obligaciones. Estas ocupaciones habituales, en la actualidad, han perdido su verdadero carácter, de tal manera que el hombre ya no cultiva la tierra en favor de su familia o su comunidad, sino que realiza estas tareas para beneficio ajeno.
El hecho es que en la antigüedad, todo seguía un orden natural, de manera que cada ciudadano hacía aquello para lo que estaba dotado, tal como ocurre en la naturaleza con el resto de animales. 
Así pues, cabe aclarar que el problema no está en el trabajo, sino en la pérdida de su verdadero sentido. Han desaparecido las vocaciones; ya nadie se siente realizado en su trabajo, solamente importa el prestigio que se adquiere a través de él, prestigio que a su vez viene estrechamente ligado con el tamaño del salario y no con la elevación de la tarea realizada. La voluntad creadora, el ingenio, el esfuerzo y el sacrificio, son las características del verdadero trabajo, aquél que se realiza a favor de la comunidad a la que se pertenece, y no el que se destina a acrecentar el Egoísmo que corroe cada vez más la sociedad actual. 
En un Estado justo, es decir, en aquel donde cada individuo hace aquello para lo que está capacitado por su naturaleza -aquel donde se desarrolla el trabajo en su verdadero sentido-, podemos asegurar por ende, que el  pueblo que lo forma es ante todo un pueblo sano, honrado y justo. Así pues, las opciones que se abren para el tiempo libre del trabajador, están destinadas a la elevación espiritual del mismo, y éste lo acepta plácidamente. Pongamos como ejemplo la organización de los años treinta “Kraft durch freude” que describe este hecho con estas acertadas palabras: “El trabajo consume energías físicas y nervios. Una sensación de frio y de vacío se produce sin que sea posible conjurarla simplemente con echar a las personas sobre lechos de reposo con la mirada clavada en el techo (hoy diríamos televisión); espíritu y cuerpo necesitan nuevos alimentos. Ya que el tiempo de trabajo exige de los trabajadores el máximo esfuerzo, hay que ofrecer al obrero durante el tiempo libre lo mejor de lo mejor como alimento del alma, del cuerpo y del espíritu. Con objeto de proporcionarle un descanso absoluto y devolverle el gusto por la vida y el trabajo”.
Pero en el momento en que desaparece la justicia del Estado -tal como ocurre en la actualidad, donde cada individuo no hace aquello que le corresponde por naturaleza, de forma que la situación se torna cada vez más tensa-, aquellos que se encuentran con la soga anudada en nuestros cuellos bien agarrada entre sus manos, se ven obligados a ofrecernos todo tipo de distracciones banales que imposibiliten un despertar o una pequeña intuición de algo realmente elevado en los ofuscados espíritus de la población.
Así ocurría en Roma con el famoso panem et circenses, y así lo hacen en nuestra época, aunque de forma menos sutil y más deliberada.
Muchos creen, una vez alcanzado este precepto, que la culpa de nuestra situación la tiene el sistema, y por lo tanto, se dedican simplemente a combatir a éste. Mas la solución no está ahí, sino que consiste en, como dijo Ghandi: “Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo."
De tal manera que la situación sería que en vez de emplear -quizás aquí, la acepción correcta debería ser perder- nuestro tiempo libre en cualquiera  de las opciones que el abanico del poder nos muestra, deberíamos emplearlo -y aquí es más certero decir aprovechar- en elevar a la condición de precepto aquella bella cita de Juvenal: “Mens sana in corpore sano”, es decir, la necesidad de mantener un espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado, no en el sentido literal que hoy día se le da de manera equivocada. Cabe destacar, de toda manera, que de la misma forma que no existe igualdad en la naturaleza, no podemos esperar que toda la población que ha sido educada en nuestro tiempo, abra los ojos, rechace los atractivos placeres y gustosas actividades que el sistema les ha propuesto y escojan un modus vivendi altruista y elevado. Precisamente, el hecho de que ello no ocurra, representa un claro ejemplo de las desigualdades naturales, y refuerza nuestra posición en tal aspecto. 
Así pues, como no todos los hombres nacen con las mismas facultades, debe estar en manos del Estado proporcionar diferentes alternativas para las horas de ocio del pueblo, es el Estado el encargado de filtrar –como decía el texto de la organización alemana anteriormente citada- el alimento del cuerpo, el alma y el espíritu. Puesto que como decía Zaratustra: “Se le dan órdenes a quien no sabe obedecerse a sí mismo.” 
Cuando nos situamos cronológicamente en nuestra época, nos damos cuenta que existen determinadas personas que se dedican -según dicen- a “combatir” de alguna manera contra la decadencia del sistema en el que vivimos. Más bien diríamos que se dedican a criticar el estado actual de las cosas, es decir, se sitúan frente al sistema -aunque este hecho también podríamos discutirlo- y critican todo lo que éste conlleva; pero se olvidan de lo más importante, que es la encarnizada lucha interior que se debe realizar para librarse de esa decadencia que encarna el sistema que dicen combatir. 
Y es que desde aquí nos preguntamos: ¿Es posible combatir al sistema formando parte del mismo? ¿Cómo se puede luchar contra lo podrido estando uno mismo podrido? Se trata de luchar contra uno mismo, de combatir cada uno sus limitaciones, su desidia, su ociosidad, su apatía, su pereza, su egoísmo, etc.
Así, pues, entendemos que existe una distinción clara entre quienes destruyen (los llamados Anti-Sistema) y quienes crean. Nos situamos entre los segundos y afirmamos que, nacionalsocialismo no es destrucción de lo podrido, sino belleza en sí. Está claro que lo segundo comporta lo primero, pero lo primero no necesariamente debe comportar lo segundo; se puede acabar con el sistema decadente actual y crear otro peor, o simplemente no crear ninguno y vivir en la más primitiva anarquía. 
Decía Séneca, el filósofo Romano, que: “Estar en ocio muy prolongado, no es reposo, sino pereza.” No podría haberlo expresado mejor, y de alguna manera nos expone una sentencia que no podemos apartar de nuestro pensamiento en ninguna situación. 
A unos, la sentencia citada les producirá un estado irremediable de cólera, pues las palabras del filósofo recaen con todo su peso sobre sus hombros.        A otros, en cambio, les situará en un estado de alerta continua que tendrá como objeto no convertir la sentencia en la esencia de su propio ser. Éstos últimos -la élite natural- son quienes lograrán la armonía que Juvenal transmitía con sus hermosas palabras. Los primeros, en cambio, son quienes deben obedecer a otros por no saberse obedecer a sí mismos como decía el maestro Zaratustra. 
¿Y usted, simpático lector, ha aprendido a obedecerse a sí mismo?
 
Enric Sánchez
Extraido de TEXTOS ALTERNATIVOS


 
 
sonsoles
06 September 2009 @ 01:41 am
                                         ORIENTACIONES                                

 Julius Evola



 1. LA ILUSION DEL PROGRESO
Es inútil hacerse ilusiones con las quimeras de un falso optimismo: nos encontramos al final de un ciclo. Desde hace ya siglos, primero imperceptiblemente, después con el movimiento de una masa que se desploma por una pendiente, son múltiples los procesos que han destruido en Occidente cualquier ordenamiento normal y legítimo de los hombres, que han falseado incluso la más alta concepción de la vida, de la acción, del conocimiento y del combate. Esta caída, su velocidad y su aspecto vertiginoso, ha sido llamado "progreso". Y a este "progreso" se han dedicado himnos y alabanzas, y se albergó la ilusión de que esta civilización -civilización de materia y de máquinas- era la civilización por excelencia, a la que se habría estado preordenado toda la historia anterior del mundo: las consecuencias finales de este proceso fueron tales que provocaron, en algunos, un despertar.

 

 
Se sabe dónde, y bajo qué símbolos, se intentaron organizar las fuerzas de una posible resistencia. Por un lado, una nación que desde su unificación no había conocido más que el mediocre clima del liberalismo, de la democracia y de la monarquía constitucional -Italia- tuvo la osadía de recoger el símbolo de Roma como base para una nueva concepción política y para un nuevo ideal de virilidad y de dignidad. Por otro lado, en otra nación, que en el Medievo había hecho suyo el principio romano del Imperium -Alemania- fuerzas análogas se despertaron para reafirmar el principio de autoridad y la primacía de todos aquellos valores que tienen sus raíces en la sangre, en la raza y en los instintos más profundos de una estirpe. Y mientras que en otras naciones europeas algunos grupos se orientaron en el mismo sentido, una tercera fuerza se alineó en el mismo campo de combate en el continente asiático: la nación de los samurai, en la que la adopción de las formas externas de la civilización moderna no había lesionado la fidelidad a una tradición guerrera, centrada en el símbolo del Imperio solar de derecho divino.
En estas corrientes, la distinción entre lo esencial y lo accesorio, no siempre fué clara, ni las ideas tuvieron paralelamente una adecuada convicción y cualificación en personas, ni siquieran fueron superadas algunas influencias de aquellas mismas fuerzas a las que se debía combatir. El proceso de purificación ideológica habría podido tener lugar en un segundo tiempo, una vez que hubieran sido resueltos algunos problemas políticos inmediatos e inaplazables. Pero, incluso así, era evidente que estaba tomando cuerpo una concentración de fuerzas en abierto desafío frente a la llamada civilización "moderna", tanto para las democracias herederas de la revolución francesa como para la encarnación del límite extremo de la degradación del hombre occidental: la civilización colectivista del Cuarto Estado, la civilización proletaria del hombre-masa anónimo y sin rostro. Los acontecimientos se precipitaron, se acentuó la tensión hasta que Ilegó el choque armado de las fuerzas en pugna. Lo que prevaleció fue el poder bruto de una coalición que no retrocedió ante una híbrida alianza de intereses y la hipócrita movilización ideológica para aplastar a un mundo que estaba poniéndose en pie y que intentaba afirmar su derecho. Dejamos al margen el hecho de saber si nuestros hombres estuvieron o no a la altura de su empresa, si se cometieron errores en cuanto al sentido de la oportunidad, de la preparación, si valoraron... todo esto no afecta. Igualmente, no nos interesa que la historia se vengue de los vencedores, ni que, por una especie de justicia inmanente, las potencias democráticas, tras haberse aliado con las fuerzas de la subversión roja para Ilevar la guerra hasta el insensato extremo de la rendición incondicional y de la destrucción total, vean volverse contra ellas a sus aliados de ayer, peligro éste mucho más temible que el que querían conjurar  [El autor se refiere al desenlace de la Segunda Guerra Mundial y al proceso de la guerra fría. NdT].
Lo único que cuenta es que hoy nos encontramos en medio de un mundo en ruinas. Y la pregunta que debe plantearse es la siguiente: ¿existen aún hombres en pie en medio de estas ruinas? ¿Y qué deben o pueden hacer aún?

 
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2.- POLITICA Y METAPOLITICA
Tal cuestión supera de hecho las fronteras de ayer; está claro que vencedores y vencidos están desde entonces en el mismo plano y que el único resultado de la Segunda Guerra Mundial ha consistido en rebajar a Europa al rango de objeto de las potencias y de los intereses extra-europeos. Es necesario, por otra parte, reconocer que la devastación que nos rodea es de carácter esencialmente moral. Nos encontramos en una atmósfera de anestesia moral generalizada, de profundo desarraigo, a pesar de todas las palabras de orden en uso en una sociedad democrática de consumo: el debilitamiento del carácter y de toda verdadera dignidad, el marasmo ideológico, el predominio de los intereses más bajos, la vida del día a día, he aquí lo que caracteriza, en general, al hombre de post-guerra. Reconocer esto significa también reconocer que el problema principal, el origen de cualquier otro, es de naturaleza interior: rebelarse, renacer interiormente, darse una forma, crear en sí mismos un orden y una rectitud. Nada han aprendido de las lecciones del pasado reciente quienes hoy todavía se ilusionan a propósito de las posibilidades de una lucha puramente política y sobre el poder de tal o cual fórmula o sistema, si no se parte, ante todo, de una nueva cualidad humana. Es éste un principio que hoy, más que nunca, debería aparecer con una evidencia absoluta: si un Estado tuviera un sistema político o social que, en teoría, valiera corno el más perfecto, pero en el cual la substancia humana fuese deficiente, entonces este Estado descendería antes o después al nivel de las sociedades más bajas, mientras que, por el contrario, un pueblo, una raza capaz de engendrar verdaderos hombres, hombres de intuición justa y de instinto seguro, alcanzaría un alto nivel de civilización y se mantendría en pie, firme frente a las más arduas y calamitosas pruebas, incluso aunque su sistema político fuera deficiente o imperfecto. Hay que adoptar, pues, una precisa posición contra el falso "realismo político", que piensa sólo en términos de programas, de problemas, de organización de partidos, de recetas sociales y económicas. Todo esto es contingente y en absoluto esencial. Lo que aún puede ser salvado depende, por el contrario, de la existencia o no de hombres que vivan no para predicar fórmulas, sino para ser ejemplos; no para ir al encuentro de la demagogia y del materialismo de las masas, sino para despertar diferentes formas de sensibilidad y de interés. Se trata dereconstruir un hombre nuevo a partir de lo que, pese a todo, sobrevive aún entre las ruinas, animarlo gracias a un determinado espíritu y una adecuada visión de la vida, fortificarlo mediante la adhesión férrea a ciertos principios. Este es el verdadero problema.
3. El "espíritu legionario"
En el plano espiritual, existe efectivamente algo que puede servir como orientación para las fuerzas de la resistencia y del alzamiento: es el espíritu legionario. Se trata de la actitud de quienes supieron elegir el camino más duro, de quienes supieron combatir aun siendo conscientes de que la batalla estaba materialmente perdida, de quienes supieron revivir y convalidar las palabras del antiguo lema: La fidelidad es más fuerte que el fuego, a través de la cual se afirma la idea tradicional de que el sentido del honor y de la vergüenza, y no las exiguas medidas extraídas de pequeñas moralinas, crea una diferencia substancial y existencial entre los seres, casi como entre una raza y otra. Por otra parte, en todo esto se perfila la realización de aquellos para quienes el fin aparece como un medio y el reconocimiento del carácter ilusorio de los múltiples mitos deja intacto lo que supieron conquistar por sí mismos, en las fronteras de la vida y la muerte, más allá del mundo de la contingencia.
Estas formas del espíritu pueden constituir los fundamentos de una nueva unidad. Lo esencial es asumirlas, aplicarlas y extenderlas desde el tiempo de guerra al tiempo de paz, de esta paz que no es más que una tregua y un desorden malamente contenido, hasta que se determine una discriminación y un nuevo frente de batalla en formación. Éste debe realizarse en términos mucho más esenciales de los que se dan en un "partido", que puede ser sólo un instrumento contingente en previsión de determinadas luchas políticas; incluso en términos más esenciales también que los representados por un simple "movimiento", si por "movimiento" se entiende solamente un fenómeno de masas y de agregación, un fenómeno cuantitativo más que cualitativo, basado más en factores emocionales que en la severa y franca adhesión a una idea. De lo que se trata es más bien de una revolución silenciosa, de origen profundo; esta revolución debe resultar de la creación, en el interior del individuo, de las premisas de un orden que, después, tendrá que afirmarse también en el exterior; entonces suplantará fulminantemente, en el momento justo, las formas y las fuerzas de un mundo de decadencia y de subversión. El "estilo" que debe imperar es el de quien se mantiene sobre posiciones de fidelidad a sí mismo y a una idea, en un recogimiento profundo; este estilo nace de un rechazo hacia toda componenda, en un empeño total que se debe manifestar no sólo en la lucha política sino también en toda expresión de la existencia: en las fábricas, laboratorios, universidades, calles, en el dominio personal de los afectos y los sentimientos. Se tiene que llegar al punto en que el tipo humano del que hablamos, que debe ser la sustancia celular de nuestras tropas en formación, sea reconocible, imposible de confundir, diferenciado, y pueda decirse de él: "he aquí alguien que actúa como un hombre del movimiento".
Esta consigna, propia de las fuerzas que soñaron con dar a Europa un orden nuevo, pero que a menudo fue en su realización falseada y obstaculizada por múltiples factores, debe ser hoy día retomada. Hoy, en el fondo, las condiciones son mejores, porque no existen equívocos y basta mirar alrededor, desde la calle al parlamento, para que las vocaciones sean puestas a prueba y se obtenga, claramente, la medida de lo que nosotros "no" debemos ser. Ante un mundo podrido cuyo principio es: "haz lo que veas hacer", o, también, "primero el vientre, el piel (tan citada por Curzio Malaparte), y después la moral", o: "éstos no son tiempos en que se pueda uno permitir el lujo de tener un carácter", o, finalmente: "tengo una familia que alimentar", nosotros oponemos esta norma de conducta, firme y clara: "No podemos actuar de otra forma, éste es nuestro camino, ésta es nuestra forma de ser". Todo lo que de positivo se podrá obtener hoy o mañana nunca se logrará mediante la habilidad de los agitadores y de los políticos, sino a través del natural prestigio y el reconocimiento de los hombres de la generación anterior, o, mejor aún, de las nuevas generaciones, hombres que serán capaces de todo ello y que suministrarán una garantía en favor de su idea.

 
4.- Por una nueva aristocracia
Es, pues, una substancia nueva la que debe afirmarse, en sustitución de aquella otra, podrida y desviada, creada en el clima de la traición y de la derrota, mediante un lento avance más allá de los esquemas, de los rangos y de las posiciones sociales del pasado. Se trata de una figura nueva que debemos tener ante los ojos para poder medir la propia fuerza y la propia vocación. Esta figura, es importante y fundamental reconocerlo, no tiene nada que ver con las clases en tanto que categorías sociales y económicas, ni con los antagonismos que les son relativos. Dicha figura podrá manifestase tanto bajo la forma del rico como del pobre, del obrero como del aristócrata, del empresario como del investigador, del técnico, del teólogo, del agricultor, del hombre político en sentido estricto. Pero esta nueva substancia conocerá una diferenciación interna, perfecta cuando no quepan dudas acerca de las vocaciones a las que seguir y sobre las funciones de la obediencia y del mando, cuando el más prístino símbolo de autoridad absoluta reine en el centro de las nuevas estructuras jerárquicas.
Esto define una dirección tan antiburguesa como antiproletaria, una dirección totalmente liberada de las contaminaciones democráticas y de las mentiras "sociales" y, por consiguiente, dirigida hacia un mundo claro, viril, articulado, hecho por hombres y por jefes de hombres. Despreciamos el mito burgués de la "seguridad", de la mezquina vida estandarizada, conformista, domesticada y "moralizada". Despreciamos el vínculo anodino propio de todo sistema colectivista y mecanicista y de todas las ideologías que confieren a los confusos valores "sociales" primacía sobre los valores heroicos y espirituales, por medio de los cuales se debe definir en todos los dominios, el tipo del hombre verdadero, de la persona absoluta. Algo esencial se conseguirá cuando se despierte nuevamente el amor por un estilo de impersonalidad activa, en el que lo que cuenta es la obra y no el individuo mediante el cual seamos capaces de considerar como algo importante no a nosotros mismos, sino a la función, la responsabilidad, la tarea que se acepta, el objetivo perseguido. Allí donde este espíritu se afirme se simplificarán muchos problemas de orden económico y social, los cuales quedarían sin solución si se afrontaran desde el exterior, sin la previa eliminación de la infección ideológica que, de partida, perjudica todo retorno a la normalidad e incluso la misma percepción de lo que significa normalidad.
5.- Los eslabones de la decadencia
No sólo como orientación doctrinal, sino también respecto al mundo de la acción, es importante que los hombres alineados en el nuevo frente reconozcan con exactitud la concatenación de las causas y de los efectos y la continuidad esencial de la corriente que ha dado vida a las varias formas políticas que hoy se debaten en el caos de los partidos. Liberalismo, democracia, socialismo, radicalismo, en fin, comunismo o bolchevismo no han aparecido históricamente sino como grados de un mismo mal, como estadios que prepararon sucesivamente el proceso de una caída. El principio de esta caída se sitúa en el punto en el que el hombre occidental rompió los vínculos con la tradición, desconoció todo símbolo superior de autoridad y de soberanía, reivindicó para si mismo como individuo una libertad vana e ilusoria, se convirtió en un átomo en vez de en parte integrante de la unidad orgánica y jerárquica de un todo. El átomo, finalmente, tenía que chocar contra la masa de los restantes átomos, de los demás individuos, y hundirse en el reino de la cantidad, del mero número, de la masa materializada, no teniendo otro dios que la economía soberana. Y este proceso no se detiene a medio camino. Sin la revolución francesa, el liberalismo y la revolución burguesa no se habrían dado el constitucionalismo y la democracia; sin la democracia, no habrían surgido ni el socialismo ni el nacionalismo demagógico; sin la preparación puesta en marcha por el socialismo, no se habrían producido ni el radicalismo ni, finalmente, el comunismo. El hecho de que estas formas se presenten hoy solidarias o antagónicas, no debe impedir reconocer a un ojo atento que esas formas se mantienen unidas, se enlazan, se condicionan recíprocamente, y solamente expresan los distintos grados de una misma corriente, de una misma subversión del orden social normal y legítimo. Así, la gran ilusión de nuestro tiempo es creer que la democracia y el liberalismo sean la antítesis del comunismo y tengan el poder de contrarrestar la marea de las fuerzas más bajas, de lo que en la jerga al uso se Ilama el movimiento "progresista". Se trata de una ilusión: es como si alguien dijese que el crepúsculo es la antítesis de la noche, que el grado incipiente de un mal es la antítesis de su forma aguda y endémica, que un veneno diluido es la antítesis de ese mismo veneno en su estado puro y concentrado. Los hombres de gobierno de esta Italia "liberada" no han aprendido nada de la historia más reciente, cuyas lecciones se han repetido por todas partes hasta la monotonía, y continúan su juego conmovedor con concepciones políticas caducas y vanas en un carnaval parlamentario, cual danza macabra sobre un volcán latente. Para nosotros, en cambio, debe ser característico el coraje del radicalismo, el "no" dicho a la decadencia política en todas sus formas, sean de izquierda o de una presunta derecha. Y, sobre todo, se debe ser consciente de que con la subversión no se pacta, que hacer concesiones hoy significa condenarse y ser arrollado completamente mañana. Intransigencia de la idea, por lo tanto, y rapidez en avanzar con las fuerzas puras cuando llegue el momento adecuado.
Esto implica, naturalmente, desembarazarse además de la distorsión ideológica, desgraciadamente expandida entre una gran parte de nuestra juventud, y en función de la cual se aprueban coartadas destinadas a destrucciones ya consumadas, manteniendo la ilusión de que esas destrucciones, después de todo, son necesarias y servirán al "progreso"; se cree que se debe combatir por cualquier cosa "nueva", oculta en un indeterminado porvenir, y no por las verdades que ya poseemos, porque estas verdades, aunque bajo diversas formas de aplicación, siempre y en todas partes han servido de base a todo tipo recto de organización social y política. Rechazad estos caprichos y reíros de quien os acuse de "antihistóricos" y "reaccionarios". No existe la Historia como entidad misteriosa escrita con mayúscula. Son los hombres, mientras estos son realmente hombres, quienes hacen y deshacen la historia; el así llamado "historicismo" es más o menos lo mismo que en ambientes de izquierda se denomina "progresismo", y que sólo fomenta hoy la pasividad frente a la corriente que aumenta y empuja siempre hacia abajo. Y en cuanto al "reaccionarismo", preguntad: ¿Queréis, que mientras vosotros actuáis, destruyendo y profanando, nosotros no reaccionemos, sino que nos quedemos mirando y más aún, os animemos diciendo: bravo, continuad? Nosotros no somos reaccionarios, porque la palabra no es lo suficientemente fuerte y, sobre todo, porque partimos de lo positivo, representamos lo positivo, valores reales y originarios que no necesitan de ningún "sol del porvenir" [referencia al lema del Partido Socialista Italiano. NdT].
Frente a este radicalismo, aparece como irrelevante la antítesis entre el "Este" y el "Oeste", entre el "Oriente"’ rojo y el "Occidente" democrático, y asimismo nos parece trágicamente irrelevante incluso un eventual conflicto armado entre estos dos bloques. De cara a un tiempo inmediato, subsiste ciertamente clara la elección del mal menor, porque la victoria militar del "Este" implicaría la destrucción física inmediata de los últimos exponentes de la resistencia. Pero, en el plano ideológico, Rusia y América del Norte deben considerarse como las dos garras de una misma tenaza que se va apretando alrededor de Europa. En estas dos formas distintas, pero convergentes, actúan estas fuerzas extrañas y enemigas. Las formas de estandarización, de conformismo, de nivelación "democrática", de frenesí productivo, de más o menos tiránico y explícito "brain trust", de materialismo práctico en el seno del americanismo, pueden servir sólo para allanar el camino para la fase posterior, que está representada, sobre la misma dirección, en el ideal puramente comunista del hombre-rnasa. El carácter distintivo del "americanismo" es su ataque a la cualidad y a la personalidad no se realiza mediante la brutal coacción de una dictadura marxista y de un pensamiento de Estado, sino casi espontáneamente, a través de las vías de una civilización que no conoce otros valores más altos que la riqueza, el rendimiento, la producción ilimitada, que es lo que por exasperación y reducción al absurdo eligió Europa, y en ella los mismos motivos han tomado forma o la están tomando. Pero el primitivismo, el mecanicismo y la brutalidad están tanto en una como en otra parte. En cierto sentido, el "americanismo" es más peligroso que el bolchevismo, al ser una especie de caballo de Troya. Cuando el ataque contra los valores residuales de la tradición europea se efectúa en la forma directa y desnuda propia de la ideología bolchevique y del estalinismo, aún se despiertan reacciones, ciertas líneas de resistencia que, aunque caducas, se pueden mantener. No sucede lo mismo cuando idéntico mal actúa en forma más sutil y las transformaciones acontecen imperceptiblemente en el plano de las costumbres y de la visión general de la vida, como sucede en el caso del americanismo. Sufriendo esta influencia bajo el signo de la libertad democrática, Europa se predispone a su última abdicación, tanto que podrá incluso suceder que no haya necesidad de una catástrofe militar, sino que por vía "progresiva" se llegue, tras una última crisis social, más o menos al mismo punto. Una vez más nada puede detenerse a mitad de camino. El americanismo, lo quiera o no, trabaja a favor de su aparente enemigo, el colectivismo.
6.- Contra la primacía de lo económico
Nuestro radicalismo de la reconstrucción exige que no se transija, no sólo con ninguna de las variedades de la ideología marxista o socialista, sino tampoco con aquello que en general se puede llamar la alucinación o el demonismo de la economía. Se trata de la idea de que en la vida individual y colectiva el factor económico sea lo más importante, real y decisivo; que la concentración de los valores e intereses en el plano económico y productivo no sea la aberración sin precedentes del hombre occidental moderno, sino algo normal, no una brutal y eventual necesidad, sino algo que se desea y se exalta. En este círculo cerrado y oscuro se encuentran atrapados tanto el capitalismo como el marxismo. Debemos romper este círculo. Mientras no se hable más que de clases económicas, trabajo, salarios, producción, mientras se piense que el verdadero progreso humano, la verdadera elevación del individuo, está solamente condicionado por un particular sistema de distribución de la riqueza y de los bienes y tenga relación con la pobreza y el bienestar, con el estado de la prosperidad o con el socialismo utópico, se permanecerá siempre en el plano de lo que debe combatirse. Nosotros afirmamos que todo aquello que es economía e interés económico como mera satisfacción de la necesidad animal, ha tenido, tiene y siempre tendrá una función subordinada en una humanidad normal; que más allá de esta esfera debe diferenciarse un orden de valores superiores, políticos, espirituales y heróicos, un orden que -como ya hemos dicho- no conoce y ni siquiera admite "proletarios" o "capitalistas" y que sólo en función de dicho orden se deben definir aquellas cosas por las que vale la pena vivir y morir; un orden que debe establecer una verdadera jerarquía, diferenciar nuevas dignidades y, en la cumbre, entronizar la superior función del mando, del Imperium.
Así, a este respecto, deben desarraigarse muchas malas hierbas que han crecido también en nuestras filas. ¿Qué significa, si no, ese discurso sobre el "Estado del Trabajo", el "socialismo nacional", el "humanismo del trabajo" y similares? ¿qué significan esas llamadas más o menos explícitas a una involución de la política dentro de la economía, recogiendo así una de esas tendencias problemáticas hacia un "corporativismo integral" y, en el fondo, acéfalo, que en el fascismo ya encontró, afortunadamente, el paso obstruido? ¿Qué es eso de considerar la formula de la "socialización" como una especie de fármaco universal y elevar la "idea social" a símbolo de una nueva civilización que, quién sabe cómo, debería estar más allá tanto del "Este" como del "Oeste"?
Estos puntos oscuros están presentes -es necesario reconocerlo- en no pocos espíritus que, también se encuentran en nuestro mismo frente. Piensan que se mantienen fieles a una consigna "revolucionaria", cuando en realidad obedecen sólo a sugestiones más fuertes que ellos mismos, que saturan un ambiente político degradado. Y entre tales sugestiones se encuentra la misma "cuestión social". ¿Cuándo se tomará conciencia de la verdad, es decir, de que el marxismo no ha surgido porque haya existido una cuestión social objetiva, sino que la cuestión social surge -en numerosísimos casos- sólo porque existe un marxismo, es decir, artificialmente, y sin embargo, en términos casi siempre insolubles, por obra de agitadores (los famosos "excitadores de la conciencia de clase") sobre los que Lenin se ha expresado muy claramente, refutando el carácter espontáneo de los movimientos revolucionarios proletarios?
Partiendo de esta premisa se debería actuar, en el sentido antes mencionado de la desproletarización ideológica y de la desinfección de las partes aún sanas del pueblo del virus político socialista. Sólo entonces, una y otra reforma podrá ser estudiada y realizada sin peligro, según la verdadera justicia.
Así mismo hay que valorar la idea corporativa y ver si puede ser una de las bases del proceso de reconstrucción: entendemos el corporativismo, no tanto como un sistema general de equilibrio estático y casi burocrático que mantenga la idea nociva de opuestas formaciones clasistas, sino como voluntad de encontrar, en el mismo seno de la empresa, esa unidad, esa solidaridad de fuerzas diferenciadas que la prevaricación capitalista (con el tipo más reciente y parásito del especulador y del capitalista financiero), por un lado, y la agitación marxista, por otro, han perjudicado y roto. Es necesario restituir a la empresa una forma de unidad casi militar, en la cual al espíritu de responsabilidad, a la energía y a la competencia de quien dirige, se acompañen el de la solidaridad y la fidelidad de las fuerzas laborales asociadas alrededor de él en la común empresa o misión. Si se considera su aspecto legítimo y positivo, tal es entonces el sentido de la "socialización". Pero esta designación, como se ve, es poco apropiada, pues es más bien de una reconstrucción orgánica de la economía y de la empresa de lo que se debería hablar, y deberíamos guardarnos, usando esta fórmula con simples objetivos de propaganda, de adular el espíritu de sedición de las masas transformado en "justicia social" proletaria. El único verdadero objetivo es la reconstrucción orgánica de la empresa, y para realizar este objetivo no es necesario recurrir a fórmulas destinadas a estimular, en el marco de sucias maniobras electorales y propagandísticas, el espíritu de sedición de las masas disfrazado de "justicia social.. En general, debería recuperarse el mismo estilo de impersonalidad activa, de dignidad, de solidaridad en la producción, que fue el estilo propio de las antiguas corporaciones o gremios de artesanos y profesionales. El sindicalismo con su "lucha" y con sus auténticos chantajes, de los que no se nos ofrecen hoy sino demasiados ejemplos, debe ser proscrito. Pero, repitámoslo, a esto se debe llegar partiendo desde el interior. Lo importante es que, contra toda forma de resentimiento y de rivalidad social, cada uno sepa reconocer y amar su propia función, aquella que verdaderamente es conforme a su propia naturaleza, reconociendo así los límites dentro de los cuales puede desarrollar sus potencialidades y conseguir una perfección propia; porque un artesano que desempeña perfectamente su función es indudablemente superior a un rey que se desvía y que no está a la altura de su dignidad.
En particular, podemos admitir un sistema de competencias técnicas y de representaciones corporativas para sustituir al parlamentarismo de los partidos; pero debe tenerse presente que las jerarquías técnicas, en su conjunto, no pueden significar nada más que un grado en la jerarquía integral: se refieren al orden de los medios, que han de subordinarse al orden de los fines, al cual por tanto corresponde la parte propiamente política y espiritual del Estado. Hablar, pues, de un "Estado del trabajo" o de "la producción" equivale a hacer de la parte un todo y reducir, por analogía, un organismo humano a sus funciones simplemente físico-vitales. Una tal elección, oscura y obtusa, no puede ser nuestra bandera, al igual que tampoco la idea social. La verdadera antítesis, tanto frente al "Este" como frente al "Oeste", no es el "ideal social". Lo es, en cambio, la idea jerárquica integral. Respecto a esto, ninguna incertidumbre es tolerable.
7.- La idea orgánica
Si la idea de una unidad política viril y orgánica formó ya parte esencial del mundo que fue vencido -y se sabe que, entre nosotros, se evocó de nuevo el símbolo romano- debemos también reconocer los casos en los cuales esta exigencia se desvió y abortó hacia la dirección equívoca del "totalitarismo". Esto, de nuevo, es un punto que debe verse con claridad, a fin de que la diferencia entre los frentes sea precisa y no se suministren armas a quienes quieren confundir las cosas. Jerarquía no es jerarquismo (un mal éste que, desgraciadamente, intenta extenderse en nuestros días), y la concepción orgánica nada tiene que ver con una esclerosis de la idolatría del Estado ni con una centralización niveladora. En cuanto a los individuos, la verdadera superación, tanto del individualismo como del colectivismo, se da solamente cuando los hombres se encuentran frente a los hombres, en la diversidad natural de su ser y de su dignidad, teniendo gran importancia el antiguo principio de que "la suprema nobleza de los jefes no es la de ser amos de siervos, sino señores que también aman la libertad de quienes les obedecen". Y en cuanto a la unidad que debe impedir, por regla general, toda forma de disociación y de absolutización de lo particular, tiene que ser esencialmente espiritual, debe ser y tener una influencia central orientadora, un impulso que, según los dominios, asume las más diferentes formas de expresión. Ésta es la verdadera esencia de la concepción "orgánica", opuesta a las relaciones rígidas e intrínsecas propias del "totalitarismo". En este marco, la exigencia de la libertad y de la dignidad de la persona humana, que el liberalismo sabe concebir solamente en términos individualistas, igualitarios y privados, puede realizarse integralmente. En este espíritu deben ser estudiadas las estructuras de un nuevo orden político y social, de sólidas y claras articulaciones.
Pero estas estructuras necesitan de un centro, de un punto supremo de referencia. Es necesario un nuevo símbolo de soberanía y de autoridad. La consigna a este respecto debe ser precisa, puesto que no podemos admitir tergiversaciones ideológicas. Se debe decir claramente que aquí no se trata del llamado problema institucional sino de modo subordinado; se trata, ante todo, de aquello que es necesario para lograr una "atmósfera" específica que haga posible el fluido que debe animar toda relación de fidelidad, de dedicación, de servicio, de acción desinteresada, hasta superar verdaderamente el gris, mecanicista y torcido mundo político y social actual. En este camino hoy se acabará en un callejón sin salida si no se es capaz de asumir una especie de áscesis de la idea pura. Para numerosos espíritus, la percepción clara de la dirección justa viene perjudicada tanto por algunos antecedentes poco felices de nuestras tradiciones nacionales como por las trágicas contingencias de un pasado reciente. Estamos dispuestos a admitir la incoherencia de la solución monárquica, si se piensa en aquellos que hoy en día sólo saben defender el residuo de una idea, un símbolo vacío y desvirilizado, como lo es el de la monarquía constitucional y parlamentaria. Pero, del mismo modo, debemos declarar nuestro rechazo de la idea republicana. Ser antidemócrata por un lado, y por otro defender "ferozmente" (tal es desgraciadamente la terminología de algunos exponentes de una falsa intransigencia) la idea republicana es un absurdo que salta a los ojos: la república (en su representación moderna, pues las repúblicas antiguas fueron aristocracias -como en Roma- u oligarquías, éstas a menudo con carácter de tiranías) pertenece esencialmente al mundo surgido tras el jacobinismo y la subversión antitradicional y antijerárquica del siglo XIX. Que se la deje entonces a ese mundo, que no es el nuestro. En cuanto a Italia, es inútil jugar al equívoco en nombre de una presunta fidelidad al fascismo de Saló, pues si por esta razón se debiera seguir la falsa vía republicana, se sería precisamente infiel a algo superior, se echaría por la borda el núcleo central de la ideología del Ventenio, es decir, su doctrina del Estado como autoridad, poder, imperium.
Ésta es la doctrina que se debe seguir, sin consentir en descender de nivel ni hacer el juego a ningún grupo. La concreción del símbolo, por ahora, puede quedar indeterminada. Decir solamente: Jefe, Jefe del Estado. Aparte de esto, el principal y esencial deber es preparar silenciosamente el ambiente espiritual adecuado para que el símbolo de la autoridad intangible sea percibido y reasuma su pleno significado: a tal símbolo no podría corresponder la estatura de cualquier revocable "presidente" de la república, ni tampoco un tribuno o jefe popular, detentador de un simple poder individual informe, privado de un carisma superior, de un poder basado de hecho en la fascinación precaria que ejerce sobre las fuerzas irracionales de la masa. Este fenómeno, llamado por algunos "bonapartismo", ha sido interpretado justamente, no como lo contrario de la democracia demagógica o "popular", sino como su lógica conclusión: el "bonapartismo" es una de las sombrías apariciones de la spengleriana "decadencia de Occidente". Ésta es otra piedra de toque y una prueba para los nuestros: la sensibilidad respecto a todo esto. Ya un Carlyle había hablado "del mundo de los siervos que quieren ser gobernados por un pseudo-Héroe", y no por un Señor.
8.- La Patria de la Idea
En un análogo orden de ideas debe ser precisado otro punto. Se trata de la posición que se debe tomar frente al nacionalismo y a la idea genérica de patria. Esto es especialmente oportuno en cuanto que, muchos, intentando salvar aun lo que puede ser salvado, querrían hacer valer de nuevo una concepción romántica, sentimental y al mismo tiempo naturalista de la nación, idea extraña a la más alta tradición política europea y poco conciliable con la misma concepción del Estado de la que se ha hablado. Abstracción hecha de que la idea de patria sea invocada entre nosotros, de manera retórica e hipócrita, por las facciones más opuestas, e incluso por los representantes de la subversión roja, concretamente hablando esta concepción no está a la altura de la época, pues, por un lado, se asiste a la formación de grandes bloques supranacionales, mientras que, por otro, aparece cada vez más necesario encontrar un punto de referencia europeo, capaz de unir fuerzas, más allá del inevitable particularismo inherente a la concepción naturalista de la nación y, aun más, del "nacionalismo. Pero más esencial es la cuestión de principio. El plano político, en tanto que tal, es el de las unidades superiores con respecto a las unidades definidas en términos naturalistas, como es el caso de aquellas que corresponden a las nociones genéricas de nación, patria y pueblo. En este plano superior, lo que une y divide es la idea, una idea encarnada por una determinada élite tendente a concretarse en el Estado. Por ello, la doctrina fascista -fiel en ello a la mejor tradición política europea-, otorga a la Idea y al Estado la primacía sobre la nación y el pueblo, y estima que nación y pueblo no adquieren un sentido y una forma y no participan en un grado superior de existencia más que en el interior del Estado. Justamente, en períodos de crisis como el actual, es necesario mantenerse firmes en esta doctrina. En la Idea debe ser reconocida nuestra verdadera patria. Lo que cuenta hoy no es el hecho de pertenecer a una misma tierra o de hablar una misma lengua, sino el hecho de compartir la misma idea. Tal es la base, el punto de partida. A la unidad colectivista de la nación -des enfants de la patrie- en la forma en que ha predominado cada vez más a partir de la revolución jacobina, oponemos algo que se asemeje a una Orden, hombres fieles a los principios, testimonios de una autoridad y de una legitimidad superiores procedentes precisamente de la Idea. Aunque hoy seria deseable, en cuanto a los fines prácticos se refiere, avanzar hacia una nueva solidaridad nacional, para alcanzarla no se debe descender a ningún tipo de compromiso; la condición sin la cual todo resultado sería ilusorio es que se aísle y tome forma un frente definido por la Idea, en tanto que idea política y visión de la existencia. Hoy no existe otro camino: es necesario que, de entre las ruinas, se renueve el proceso de los orígenes, aquel que, basado en las elites y en un símbolo de soberanía y de autoridad, hizo unirse a los pueblos dentro de los grandes Estados tradicionales, como otras tantas formas surgiendo de lo informe. No se debe entender que este realismo de la idea signifique mantenerse en un plano que es, en el fondo, infrapolítico: el plano del naturalismo y del sentimentalismo, por no decir claramente el de la retórica patriotera.
Y en el caso de que quisiéramos igualmente apoyar nuestra idea en las tradiciones nacionales, habría que estar atentos, pues existe toda una "historia nacional" de inspiración masónica y antitradicional especializada en atribuir el carácter nacional italiano a los aspectos más problemáticos de la historia de Italia, comenzando con la rebelión de las Comunas apoyadas por el güelfismo. Así, toma relieve una "italianidad" tendenciosa, en la cual nosotros, que hemos escogido el símbolo romano, no podemos ni queremos reconocernos. Esa "italianidad" se la dejamos, con mucho gusto, a quienes, con la "liberación" y el movimiento partisano, han celebrado el "segundo Risorgimiento".
Idea, Orden, elite, Estado, hombres de Orden. Éstos son los términos en los que debe mantenerse la línea fundamental, mientras sea posible.
9.- Concepción del mundo y mitos modernos
Es necesario ahora hablar del problema de la cultura. En efecto, la cultura no debe ser sobrevalorada. Lo que llamamos "visión del mundo" no se basa en los libros; es una forma interior que puede encontrarse con más autenticidad en una persona sin una particular cultura que en un "intelectual" o en un escritor. Se puede imputar como hecho nefasto de la "cultura libre", al alcance de todo el mundo, que el individuo esté indefenso frente a los influjos de todo género, incluso cuando es incapaz de mostrarse activo frente a ellos, de discriminar y juzgar según un criterio justo.
Pero no es éste el lugar de extenderse sobre tal punto. Baste decir que, en el estado actual de las cosas, existen corrientes específicas contra las cuales los jóvenes de hoy deben defenderse interiormente. Ya hemos hablado de un estilo de rectitud y de una actitud interna. Tal estilo implica un justo saber, y en especial los jóvenes deben darse cuenta de la intoxicación operada en toda una generación por parte de las variedades de una visión de la existencia distorsionada y falsa, variedades que han incidido en las fuerzas internas precisamente en el punto donde su integridad sería más necesaria. De una forma u otra, estas toxinas continúan hoy actuando en la cultura, en la ciencia, en la sociología, en la literatura, como otros tantos focos de infección que deben ser denunciados y neutralizados. Aparte del materialismo histórico y el economicismo, sobre los cuáles ya se ha hablado, también son principales núcleos de infección el darwinismo, el psicoanálisis, el existencialismo, el neorrealismo.
Contra el darwinismo se debe reivindicar la dignidad fundamental de la persona humana, reconociendo su verdadero lugar, que no es el de una particular y más o menos evolucionada especie animal entre tantas diferenciada por "selección natural" y que permanecería ligada a orígenes animalescos y primitivos, sino a un estatuto tal que virtualmente la eleve por encima del plano biológico. Aunque hoy no se hable demasiado del darwinismo, su substancia perdura. El mito biológico darwinista, en una u otra de sus variantes, mantiene su valor preciso de dogma, defendido por los anatemas de la "ciencia" en el seno del materialismo de la civilización marxista y americana. El hombre moderno se ha acostumbrado a esta concepción degradada, se reconoce en ella tranquilamente y la encuentra natural.
Contra el psicoanálisis, debe prevalecer el ideal de un Yo que no abdica, que quiere permanecer consciente, autónomo y soberano frente a la parte nocturna y subterránea de su alma y frente al demonio de la sexualidad; que no se siente ni "reprimido" ni psicológicamente escindido, sino que realiza un equilibrio de todas sus facultades humanas, ordenadas hacia la realización de un significado superior de la vida y de la acción. Puede ser señalada una convergencia evidente: el descrédito arrojado sobre el principio consciente de la persona, el relieve dado por el psicoanálisis y otras escuelas análogas al subconsciente, a lo irracional, al "inconsciente colectivo", etc., corresponden, en el individuo, exactamente a lo que representan, en el mundo social e histórico moderno, el movimiento surgido desde abajo, la subversión, la sustitución revolucionaria de lo superior por lo inferior y el desprecio por todo principio de autoridad. Sobre dos planos diferentes actúa la misma tendencia, y los efectos no pueden sino integrarse recíprocamente.
En cuanto al existencialismo, incluso aunque veamos en él propiamente una filosofía confusa hasta hace poco reducida a pequeños grupos de especialistas, es necesario reconocer en él el estado del alma de una crisis erigida en sistema y adulada, la verdad de un tipo humano roto y contradictorio, que sufre como angustia, tragedia y absurdo una libertad ante la cual no se siente elevado, sino más bien condenado, sin salida y sin responsabilidad, en el seno de un mundo privado de valor y de sentido. Todo ello, mientras que ya el mejor Nietzsche había indicado una vía para dar un sentido a la existencia, para darse una ley y un valor intangible frente a un nihilismo radical, al encuentro de un existencialismo positivo y, según su expresión, de "naturaleza noble".
Tales deben ser las direcciones a seguir, que no deben ser intelectualizadas, sino vividas, integradas en su significado inmediato a la vida interior y a la propia conducta. No es posible rebelarse mientras se permanezca, de un modo u otro, bajo la influencia de estas formas de pensar falsas y desviadas. Pero, una vez desintoxicados, se puede adquirir la claridad, la rectitud, la fuerza.
10.- Realismo y antiburguesismo
En la zona que está entre la cultura y la costumbre existe una actitud que debe ser precisada. Lanzada por el comunismo, la consigna del antiburguesismo ha sido recogida en el campo de la cultura por ciertos ambientes intelectuales de "vanguardia". En esto hay un equívoco. Dado que la burguesía ocupa una posición intermedia, existe una doble posibilidad de superar a la burguesía, de decir "no" al tipo burgués, a la civilización burguesa, al espíritu y a los valores burgueses. Una de estas posibilidades corresponde a la dirección que conduce todavía más bajo, hacia una subhumanidad colectivizada y materializada, con su "realismo" marxista: valores sociales y proletarios contra la "decadencia burguesa" e "imperialista". La otra posibilidad es la dirección de quien combate a la burguesía para elevarse efectivamente por encima de ella. Los hombres del nuevo frente serán, ciertamente, antiburgueses, pero en razón de su concepción superior, heroica y aristocrática de la existencia; serán antiburgueses porque despreciarán la vida cómoda; antiburgueses porque seguirán no a quienes prometen ventajas materiales, sino a quienes lo exigen todo de si mismos; antiburgueses, en fin, porque no tendrán la preocupación de la seguridad, sino que amarán la unión esencial entre la vida y el riesgo, en todos los niveles, haciendo suya la inexorabilidad de la idea desnuda y de la acción precisa. Otro aspecto por el cual el hombre nuevo, sustancia celular del movimiento que despierta, será antiburgués y se diferenciará de la generación precedente será su rechazo hacia toda forma de retórica y de falso idealismo, su desprecio hacia todas las grandes palabras que se escriben con mayúscula, hacia todo aquello que es sólo gesto, golpe de efecto, escenografía. Renuncia y autenticidad por el contrario, nuevo realismo en la exacta apreciación de los problemas que se impondrán, de modo que lo importante no será la apariencia, sino el ser, no la palabrería, sino la realización, silenciosa y precisa, en sintonía con las fuerzas afines y en adhesión al mandato proveniente de lo alto.
Quien contra las fuerzas de izquierda no sabe reaccionar sino en nombre de los ídolos, del estilo de vida y de la mediocre modalidad conformista del mundo burgués, ya ha perdido, por anticipado, la batalla. No es este el caso del hombre en pié, que ha pasado por el fuego purificador de las destrucciones externas e internas. Políticamente, este hombre no es el instrumento de una pseudo-reacción burguesa. Se remite, por regla general, a las fuerzas e ideales anteriores y superiores al mundo burgués y a la era económica, y apoyándose en ellos traza líneas de defensa y consolida las posiciones desde donde partirá, súbitamente, en el momento oportuno, la acción de la reconstrucción.
También a este respecto queremos retomar una consigna no realizada: porque se sabe que en el período fascista hubo una tendencia antiburguesa que habría querido afirmarse en un sentido similar. Desgraciadamente, tampoco aquí la substancia humana estuvo a la altura de las circunstancias. E incluso se supo hacer una retórica de la anti-retórica.
11.- Superación del Estado laico
Consideremos brevemente, por último, el tema de las relaciones entre las fuerzas que han conservado su integridad, que no han abdicado, y la religión dominante. Para nosotros, el Estado laico, en cualquiera de sus formas, pertenece al pasado. En particular, nos oponemos a uno de sus disfraces, el que en ciertos ambientes se presenta como el "Estado ético", producto de una débil, espurea, vacía y confusa filosofía "idealista", aliada antaño con el fascismo, pero cuya naturaleza, es tal que puede facilitar un apoyo comparable, en el marco de un simple juego "dialéctico", al antifascismo de un Croce. Esta filosofía no es más que un producto de la burguesía laica y humanista, a la que se suma la presunción del "libre-pensamiento" de un "profesor de liceo" en trance de celebrar la infinidad del "Espíritu absoluto" y del "Acto Puro": nada hay de real, de claro, de duro, en esta filosofía .
Pero si bien nos oponemos a tales ideologías y al Estado laico, tampoco aceptamos un Estado clerical o clericalista. El factor religioso es necesario como fundamento para una verdadera concepción heroica de la vida, esencial para nuestra lucha. Es necesario sentir en nosotros mismos la evidencia de que más allá de esta vida terrestre existe una vida más alta; solamente quien siente así posee una fuerza inquebrantable, y sólo él será capaz de un impulso absoluto - cuando esto falta, el desafío a la muerte y el desprecio a la propia vida es posible sólo en momentos esporádicos de exaltación o ante el desencadenamiento de las fuerzas irracionales; no hay disciplina que se pueda justificar, en el individuo, sin un significado superior y autónomo. Pero esta espiritualidad, que debe estar viva entre los nuestros, no tiene necesidad de formulaciones dogmáticas obligadas, ni de una confesión religiosa determinada; el estilo de vida que debe desarrollarse no es, en modo alguno, el del moralismo católico, que no va más allá de una domesticación "virtuísta" del animal humano. Políticamente hablando, esta espiritualidad no puede sino sentir desconfianza hacia todo lo que se deduce de ciertos aspectos de la concepción cristiana -humanitarismo, jusnaturalisrno, igualdad, ideal del amor y del perdón, en lugar del ideal del honor y de la justicia-. Ciertamente, si el catolicismo fuera capaz de apartarse del plano contingente y político, si fuese capaz de hacer suya una elevación ascética y si fuera capaz, sobre esta base; como en una continuación del espíritu del mejor Medievo de los cruzados; de convertir la fe en el alma de un bloque armado de fuerzas, de una nueva Orden templaria compacta e inexorable contra las corrientes del caos, del abandono, de la subversión y del materialismo práctico del mundo moderno e incluso en el caso en que, como condición mínima, el catolicismo permaneciera fiel a la posición del Syllabus, entonces no habría ni un instante de duda en cuanto a la opción a seguir. Pero tal como están las cosas, dado el nivel mediocre y, en el fondo, burgués y mezquino al cual prácticamente ha descendido en la actualidad todo lo que es religión confesional, dada la sumisión modernista y la cada vez mayor apertura a la izquierda de la Iglesia post-conciliar del "aggiornamento", bastará para nuestros hombres la pura referencia al espíritu, y valdrá precisamente como la evidencia de una realidad trascendente, que debe ser invocada no por evasión mística o como coartada humanitaria, sino para infundir nueva fuerza a nuestra fuerza, para presentir que nuestro combate no es puramente político, para atraer una invisible consagración sobre un nuevo mundo de hombres y de jefes de hombres.
Éstas son algunas orientaciones esenciales para la lucha en la que se va a combatir, escritas sobre todo con especial atención para la juventud, a fin de que ésta recoja la antorcha y la consigna de quienes aun no han renunciado, aprendiendo de los errores del pasado, sabiendo discriminar y prever todo lo que se ha experimentado y que aun hoy se experimenta en cuanto a situaciones contingentes. Lo esencial es no descender al nivel de los adversarios, no limitarse a seguir simples consignas, no insistir en demasía sobre lo que depende del pasado y que, aun siendo digno de ser recordado, no tiene el valor actual e impersonal de una idea-fuerza; en fin, no ceder a las sugestiones del falso realismo politiquero, problema éste de todos los "partidos". Ciertamente, es necesario que nuestras fuerzas tomen parte también en la lucha política y polémica del cuerpo a cuerpo, para crearse todo el espacio posible en la situación actual y contener el avance de las fuerzas de izquierdas. Pero más allá de esto, es importante y esencial que se constituya una elite, que, con aguerrida intensidad, definirá, con un rigor intelectual y una intransigencia absolutos, la idea en función de la cual es preciso unirse, y afirmará esta idea sobre todo en la forma del hombre nuevo, del hombre de la resistencia, del hombre en pié entre las ruinas. Si nos es dado superar este período de crisis y de orden vacilante e ilusorio, sólo a este tipo de hombre corresponderá el futuro. Pero incluso si el destino que el mundo moderno se ha creado, y que lo arrolla todo, no pudiera ser contenido, gracias a tales premisas las posiciones interiores permanecerán intactas: en cualquier circunstancia, lo que debe ser hecho será hecho, y perteneceremos así a esa patria a la que ningún enemigo podrá nunca ocupar ni destruir.

 
 
 
 
sonsoles
06 September 2009 @ 01:32 am
 Friedrich Wilhelm Nietzsche. Filosofo alemán. 1844-1900. 

 

Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti. 

 

El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo. 

 

Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos. 

 

El destino de los hombres está hecho de momentos felices, toda la vida los tiene, pero no de épocas felices. 

 

Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal. 



Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los "cómos". 



La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre. 



Sin música la vida sería un error. 



La palabra más soez y la carta más grosera son mejores, son más educadas que el silencio.



Ser independiente es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes. 

 

Tener fe significa no querer saber la verdad. 

 

No hay razón para buscar el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada. 

 

Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado. 

 

La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano. 

 

En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón. 



Yo necesito compañeros, pero compañeros vivos; no muertos y cadáveres que tenga que llevar a cuestas por donde vaya. 



La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar. 

 

Para llegar a ser sabio, es preciso querer experimentar ciertas vivencias, es decir, meterse en sus fauces. Eso es, ciertamente, muy peligroso; más de un sabio ha sido devorado al hacerlo. 



El hombre, en su orgullo, creó a Dios a su imagen y semejanza. 


La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño. 



Todo el que disfruta cree que lo que importa del árbol es el fruto, cuando en realidad es la semilla. He aquí la diferencia entre los que creen y los que disfrutan. 



Creo que los animales ven en el hombre un ser igual a ellos que ha perdido de forma extraordinariamente peligrosa el sano intelecto animal, es decir, que ven en él al animal irracional, al animal que ríe, al animal que llora, al animal infeliz. 



Los que más han amado al hombre le han hecho siempre el máximo daño. Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes. 



La verdad es que amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a ella, sino porque estamos acostumbrados al amor. 



En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre. 



¿Es el hombre sólo un fallo de Dios, o Dios sólo un fallo del hombre?. 


Lo que hacemos no es nunca comprendido, y siempre es acogido sólo por los elogios o por la crítica. 

 

No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que al igual o al superior. 

 

Todos los pozos profundos viven con lentitud sus experiencias: tienen que esperar largo tiempo hasta saber qué fue lo que cayó en su profundidad. 



El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse 

 

La esperanza es un estimulante vital muy superior a la suerte. 

 

Hay almas esclavizadas que agradecen tanto los favores recibidos que se estrangulan con la cuerda de la gratitud. 



El matrimonio acaba muchas locuras cortas con una larga estupidez. 



Cuando trates con una mujer no olvides el látigo. 

 

La mujer perfecta es un tipo humano superior al varón perfecto, pero también es un ejemplar mucho más raro. 

 

Lo que no me mata, me fortalece. 

 

El amor y el odio no son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro. 

 

Todo idealismo frente a la necesidad es un engaño. 

 

Sólo comprendemos aquellas preguntas que podemos responder. 

 

Olvida uno su falta después de haberla confesado a otro, pero normalmente el otro no la olvida. 



El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa. 



Dios ha muerto. Parece que lo mataron los hombres. 



Nuestro destino ejerce su influencia sobre nosotros incluso cuanto todavía no hemos aprendido su naturaleza; nuestro futuro dicta las leyes de nuestra actualidad. 



Negar a Dios será la única forma de salvar el mundo. 



La edad de casarse llega mucho antes que la de quererse. 



La demencia en el individuo es algo raro; en los grupos, en los partidos, en los pueblos, en las épocas, es la regla. 



La sencillez y naturalidad son el supremo y último fin de la cultura. 



El gran estilo nace cuando lo bello obtiene la victoria sobre lo enorme. 



¿No es la vida cien veces demasiado breve para aburrirnos? 

 

El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación. 

 
 
 
sonsoles
06 September 2009 @ 12:43 am
IRRESPONSABILIDAD E INOCENCIA.  

 

La irresponsabilidad total del hombre respecto de sus actos y a su ser es la gota más amarga que ha de tragar el hombre del conocimiento, una vez habituado a considerar que la responsabilidad y el dolor son los títulos de nobleza de la humanidad. Todas sus valoraciones, atracciones y aversiones se convierten por ello en algo falso y carente de valor: su sentimiento más hondo, el que le acercaba al mártir y al héroe, ha adquirido a causa de eso el valor de un error; ya no tiene derecho alabar ni a censurar, pues no tiene sentido alabar ni censurar a la naturaleza y a la necesidad. Ante los actos propios y ajenos debe proceder como cuando le gusta una obra bella pero no la alaba, porque ésta no puede hacer nada por sí misma, o como cuando se encuentra delante de una planta. Puede admirar su fuerza, su belleza, su plenitud, pero no le es lícito atribuirles mérito: el fenómeno químico, la lucha de los elementos o los tormentos de quien ansia curarse tienen tanto mérito como esas luchas y angustias del alma en las que nos sentimos atenazados por diversos motivos y en diferentes sentidos, hasta que al final nos decidimos por el más poderoso (como suele decirse, aunque en realidad habría que decir: hasta que el más poderoso decide por nosotros). Pero por elevados que sean los nombres que demos a esos motivos, proceden de las mismas raíces en las que creemos que se encuentran los malignos venenos: entre los actos buenos y los actos malos no hay una diferencia de especie, sino a lo sumo de grado. Los actos buenos son la sublimación de actos malos; y los actos malos son actos buenos, pero realizados de una forma tosca y estúpida. Cualquiera que sea el modo como puede obrar el hombre, es decir, como debe hacerlo, éste no desea más que autocomplacerse (unido esto al miedo que tiene a la frustración), ya sea mediante actos de vanidad, venganza, concupiscencia, interés, maldad o perfidia; o mediante actos de sacrificio, de compasión, de entendimiento. Los grados de raciocinio determinarán la dirección en la que cada cual se dejará llevar por este deseo; toda sociedad y todo individuo tienen siempre presente una jerarquía de bienes, por la cual deciden sus actos y juzgan los ajenos. Sin embargo esta escala de medida está cambiando continuamente; se llama malos a muchos actos que sólo son estúpidos porque el nivel de inteligencia de quién decidió realizarlos era muy bajo. Más aún, en cierto sentido, todos los actos son todavía hoy estúpidos, porque será sin duda superado el nivel más elevado que ha podido alcanzar la inteligencia humana: cuando entonces se mire hacia atrás, todos nuestros actos y juicios resultarán tan limitados e irreflexivos como nos parecen hoy los de los pueblos salvajes y atrasados. Puede que la toma de conciencia de todo esto produzca un hondo dolor, pero existe un consuelo: estos sufrimientos son dolores de parto. La mariposa quiere romper su envoltura, despedazándola y desgarrándola; entonces se siente cegada y embriagada por esa luz desconocida que es el reino de la libertad. El primer ensayo para saber si la humanidad, que es moral, puede convertirse en sabia, se hace con hombre que son capaces de soportar esta tristeza (¡y que serán muy pocos!). el sol de un nuevo evangelio lanza su primer rayo sobre las cimas más altas de las almas de esos solitarios; allí se acumulan nubes más densas que en ninguna otra parte, y reinan a un tiempo la claridad más pura y el crepúsculo más sombrío. Todo es necesidad, dice el nuevo saber, y el conocimiento es el camino que conduce a esa inocencia. Si la voluptuosidad, el egoísmo y la vanidad son necesarios para la producción de los fenómenos morales y para que alcancen su más elevada floración, el sentido de la verdad y de la justicia del conocimiento: si el error, el extravío de la imaginación ha sido el único medio por el que ha podido ir elevándose paulatinamente la humanidad hasta este grado de claridad y de autoliberació n. ¿quién iría a entristecerse al divisar la meta adonde llevan estos caminos? Es cierto que en el terreno de la moral todo se modifica y cambia, que es incierto y está en constante fluctuación, pero también es verdad que todo fluye y que se dirige a un único fina. Aunque siga actuando en nosotros el hábito hereditario de juzgar, amar y odiar erróneamente, cada vez se irá debitando más por el creciente influjo del conocimiento: en este mismo terreno nuestro se va implantando insensiblemente un nuevo hábito: el de comprender, el de no amar ni odiar, el de ver desde lo alto, y dentro de miles de años será tal vez lo bastante poderoso para dar a la humanidad la fuerza de producir al hombre sabio, inocente (consciente de su inocencia), de un modo tan regular como hoy produce al hombre necio, injusto, que se siente culpable, es decir, su antecedente necesario, no lo opuesto a aquél. .




 
 
sonsoles
05 September 2009 @ 08:52 pm
La "Gestalttheorie"

 

No se crea, no se crea que Ťel camino seguro de una cienciať, añorado por Kant para su filosofía, ofrece seguridades absolutas. Hace ya tiempo, medio siglo quizá, que el matiz polémico ocupa en las ciencias más firmes espacios enormes. Es, si se quiere, una nueva y radical manera de contemplar el espectáculo científico, que de todos modos supera las concepciones antiguas. El desarrollo de las ciencias se hizo a costa de renunciar a un gran número de nociones difíciles. El principio de economía de esfuerzo abstracto ha regido la marcha científica durante los dos últimos dos siglos. Era previsible que una época mejor dotada y heroica acometiese el cultivo de las dificultades eludidas. Para la matemática, podemos señalar el comienzo de una era así en las exploraciones cantorianas que dieron lugar a la magna teoría de los conjuntos. Las Aritméticas transfinitas y la gran discusión suscitada alrededor del conocido axioma de Zarmelo mantiene hoy a esta ciencia en el cauce polémico. Sin olvidar la renacida pelea en torno al intuicionismo, que en las altas esferas del Análisis matemático sostienen Brouwer, Fréchet y otros.

 

  

 

La Gestalttheorie teoría de la figura o de la estructura supone para la Psicología uno de esos fundamentales parpadeos que ponen en quiebra la raíz misma de los saberes. Pues considérese la Psicología, ciencia moderna y petulante, creyéndose ya en ruta ascendente y definitiva, tras de unos objetos de conciencia bien localizados y fieles, con unos átomos las sensaciones que se prestaban a toda clase de recursos. Y de pronto, la Gestalttheorie declara falsos esos objetos, requiriendo para la Psicología una problemática de más firme nivel. Después de la relatividad einsteniana, no creemos que en los años últimos se haya lanzado al mundo una teoría científica de tan honda sugestión. Las peripecias teoréticas que ha sufrido la psicología, desde sus primeros esfuerzos para constituirse en centro de sí misma, son sobremanera curiosas, y ofrecen rasgos que se prestan a consideraciones de interés. Ha sido, durante cincuenta años, la niña terrible de la filosofía y su elemento perturbador más tenaz. En lugar de perspectivas claras, el psicologismo ha Introducido en la filosofía sombras y nieblas.

La Gestalttheorie ha tenido el más resonante de los éxitos, y yo la creo limpia de todos los errores de constitución que se advertían en la que ya podemos llamar antigua psicología. Sus creadores, Wertheimer, W. Köhler y Koffka, y un gran número de estudiosos discípulos suyos, tratan hoy de dar a la nueva teoría una estructuración perfecta y sistemática. Los vigías meritísimos de la ŤRevista de Occidenteť tradujeron a su tiempo un libro de Koffka, Bases de la evolución psíquica, escrito en los años iniciales de la Gestalttheorie, y que es una prueba de las anchas y seguras posibilidades que ofrece para el porvenir científico.

La palabra Gestalt, impuesta por estos psicólogos en sus obras, ha sido una de las barreras más tenaces para la comprensión de la teoría. Así, en una reciente discusión de Köhler y Rignano, en la revista Scientia, la objección central de este último tenía su origen en que no comprendía con suficiente claridad ese término endiablado.

Bien es cierto que Rignano, tan admirable en su buena voluntad científica como mediocre en su labor creadora, no es psicólogo muy a propósito para comprender a los gestaltistas.

La teoría de la figura entraña una nueva manera de concebir la percepción. En este dominio existía desde Binet la tendencia más absurda. Los gestaltistas fundan la psicología no tanto en el estudio de la psique como en el estudio de los objetos que esa psique percibe. La presencia de unidades y grupos (Einhelten und Gruppen), por ellos denunciada, y la no aceptación de sensaciones elementales independientes, ha constituído su inicial punto de partida. En un campo visual, por ejemplo, los estados locales vendrían a depender de su posición, situación y del papel que jueguen en la unidad de la fiqura. La psicología es definida por Koffka como la ciencia que estudía Ťla conducta de los seres vivos en su contacto con el mundo ambienteť. Este mundo ambiente, afirman los gestaltistas, no existe para el ser vivo como un número infinito de sensaciones elementales, sino que, por el contrario, está formado por grupos coherentes en sí mismos, previstos de indiscutible unidad, y que destacan una redondez magnífica del lugar donde se hallen. Esto quiere decir al hablar de Gestalten in engeren Sinne (figuras en sentido estricto).

Rignano cree que es inadmisible admitir es estos tiempos esa especie de Ťformar a prioriť, y en la discusión a que nos hemos referido calificó a los gestaltistas de kantianos tardíos. Y de recaer en el subjetivismo.

Como se ve, la psicología de las figuras es de base física y experimental. Está volcada a lo exterior y derrumba los métodos introspectivos que seguía el antiguo asocionismo. Cuando se contempla la gran arquitectura psicológica que se dispone a realizar la preciosa audacia de estos sabios, se es optimista en cuanto a los destinos de nuestro tiempo, objeto por la moda de tantas predicciones lúgubres.

La Gestalttheorie, en resumen, es una física especial, de amplio rodaje especulativo, y haciendo uso de que mis pocos años me autorizan a hacer una afirmación rotunda, sin que nadie tenga derecho a exigirme pruebas ni demostraciones, apunto aquí la idea de que todo este armazón psicológico va a constituir en plazo breve algo así como la fuente de problemas de la disciplina que hoy conocemos con el nombre de física matemática. Psicología trascendetal.

R. LEDESMA RAMOS

[Helix, XII de 1929, p. 9 y 11]


 
 
 
sonsoles
05 September 2009 @ 04:08 pm

DE LOS AMIGOS:
 

nietzsche path
nietzsche
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sea side



Sólo medita por una vez para ti mismo cuán diversos son los sentimientos, cuán divididas están las opiniones, aun entre los conocidos más íntimos; cómo incluso opiniones idénticas tienen en la cabezas de tus amigos un lugar o una intensidad enteramente diferentes que en la tuya; cuantísimas veces se presenta el pretexto para el malentendido, para la divergencia hostil. Después de todo ello, te dirás: ¡qué inseguro es el terreno sobre el que descansan todas nuestras alianzas y amistades, qué cerca está los chaparrones o el mal tiempo, qué aislado está todo hombre! Si alguien comprende esto y además que todas las opiniones y su índole e intensidad son entre semejantes tan necesarias e irresponsables como sus acciones, si se percata de esta necesidad interna de las opiniones a partir de la inextricable imbricación de carácter, ocupación, talento, entorno, tal vez se libre entonces de la amargura e incisividad de ese sentimiento con que el sabio exclamó: «¡Amigos, no hay amigos». Más bien se confesará: sí hay amigos, pero es el error, la ilusión acerca de ti lo que los ha conducido a ti; y deben aprender a callar para seguir siendo amigos tuyos; pues casi siempre tales relaciones humanas estriban en que nunca se digan, ni siquiera se rocen, cierto par de cosas; pero en cuanto estas piedrecitas echan a rodar, la amistad va detrás y se rompe. ¿Hay hombres que no resultarán mortalmente heridos si se enterasen de lo que sus más íntimos amigos saben de ellos en el fondo? Al aprender a conocernos a nosotros mismos y a considerar nuestro mismo ser como una esfera cambiante de opiniones y disposiciones y, por tanto a menospreciarlo un poco, restablecemos nuestro equilibrio con los demás. Es verdad que tenemos buenas razones para despreciar a cada uno de nuestros conocidos, aunque sean los más grandes; pero igual de buenas para volver este sentimiento contra nosotros mismo. Y así, soportémonos unos a otros, ya que nos soportamos a nosotros; y tal vez le llegue a cada cual algún día también la hora más jubilosa en que diga: 

«¡Amigos no hay amigos!», exclamó el sabio moribundo;
«¡Enemigos, no hay enemigos!», exclamo yo el loco viviente.


 
 
sonsoles
02 August 2009 @ 09:32 pm

Sobre la voluntad en la naturaleza


Arthur Schopenhauer

 

 

 

La cabeza de los demás es un lugar demasiado desdichado

para que en él se asiente la auténtica felicidad“.

Schopenhauer, Parerga y Paralipómena (1851).

 

 

 

 

 

El rasgo fundamental de mi doctrina, lo que la coloca en contraposición con todas las que han existido, es la total separación que establece entre la voluntad y la inteligencia, entidades que han considerado los filósofos, todos mis predecesores, como inseparables y hasta como condicionada la voluntad por el conocimiento, que es para ellos el fondo de nuestro ser espiritual, y cual una mera función, por lo tanto, la voluntad del conocimiento. Esta separación, esta disociación del yo o del alma, tanto tiempo indivisible, en dos elementos heterogéneos, es para la filosofía lo que el análisis del agua ha sido para la química, si bien este análisis fue reconocido al cabo. En mi doctrina, lo eterno e indestructible en el hombre, lo que forma en él el principio de vida, no es el alma, sino que es, sirviéndonos de una expresión química, el radical del alma, la voluntad. La llamada alma, es ya compuesta; es la combinación de la voluntad con el nouz, el intelecto. Este intelecto es lo secundario, el posterius del organismo, por éste condicionado, como función que es del cerebro. La voluntad, por el contrario, es lo primario, el prius del organismo, aquello por lo que éste se condiciona. Puesto que la voluntad es aquella esencia en sí, que se manifiesta primeramente en la representación (mera función cerebral ésta), cual un cuerpo orgánico, resulta que tan sólo en la representación se le da a cada uno el cuerpo como algo extenso, articulado, orgánico, no fuera ni inmediatamente en la propia conciencia. Así como las acciones del cuerpo no son más que los actos de la voluntad que se pintan en la representación, así su substracto, la figura de este cuerpo, es su imagen en conjunto; y de aquí que sea la voluntad el agens en todas las funciones orgánicas del cuerpo, así como en sus acciones extrínsecas. La verdadera fisiología, cuando se eleva, muéstranos lo espiritual del hombre (el conocimiento), como producto de lo físico de él, lo que ha demostrado cual ningún otro, Cabanis; pero la verdadera metafísica nos enseña que eso mismo físico no es más que producto o más bien manifestación de algo espiritual (la voluntad) y que la materia misma está condicionada por la representación, en la cual tan sólo existe. La percepción y el pensamiento se explicarán siempre, y cada vez mejor, por el organismo; pero jamás será explicada así la voluntad, sino que, a la inversa, es por ésta por lo que el pensamiento se explica, como lo demuestro en seguida. Establezco, pues, primeramente la voluntad, como cosa en sí, completamente originaria; en segundo lugar su mera sensibilización u objetivación el cuerpo; y en tercer término el conocimiento, como mera función de una parte del cuerpo. Esta parte misma es el querer conocer (Erkennenwollen, la voluntad de conocer) objetivado (hecho representación), en cuanto necesita la voluntad para sus fines, del conocimiento. Mas esta función condiciona, a su vez, el mundo todo, como representación y con éste al cuerpo mismo, en cuanto objeto perceptible y hasta a la materia en general, como existente no más que en la representación. Porque, en efecto, un mundo objetivo sin un sujeto en cuya conciencia exista, es, bien considerado, algo eternamente inconcebible. El conocimiento y la materia (sujeto y objeto), no son, pues, más que relativos el uno respecto al otro, formando el fenómeno. Así como queda la cuestión, como no había estado hasta hoy, merced a mi alteración fundamental.

 

Cuando obra hacia afuera, cuando se dirige a un objeto conocido, llevada por el conocimiento a él, reconocen entonces todos a lo que es aquí activo como tal voluntad, recibiendo en tal caso este nombre: Pero no es menos voluntad lo que obra activamente en los procesos internos, que presupuestas cual condición aquellas acciones exteriores, crean y conservan la vida orgánica y su substracto, siendo labor suya también la circulación de la sangre, la secreción y la digestión. Mas por lo mismo de que sólo se la reconozca como tal voluntad allí, donde dejando al individuo de quien brota, se dirige al mundo exterior, representándoselo cual percepción precisamente para dirigirse a él, por esto es por lo que se ha considerado al intelecto como la materia de que consta, pasando éste, por lo tanto, como lo capital de lo que existe.

 

Lo que ante todo hace falta, es distinguir la voluntad del albedrío (Wille y Willkühr), teniendo en cuenta que puede existir aquélla sin éste, como lo presupone mi filosofía toda. Albedrío se llama a la voluntad cuando la alumbra el intelecto, siendo, por lo tanto, las causas que le mueven a motivos, es decir, representaciones, lo cual, expresado objetivamente, quiere decir que la influencia del exterior, que es lo que ocasiona el acto, se mediatiza por un cerebro. Cabe definir el motivo diciendo que es un excitante exterior bajo cuyo influjo nace al momento una imagen en el cerebro, imagen por cuya mediación cumple la voluntad el efecto propio, que es una acción vital extrínseca. En la especie humana puede ocupar el lugar de esa imagen un concepto que se ha sacado de anteriores imágenes de esa clase, por remoción de diferencias y que en consecuencia no es ya sensible sino designado y fijado no más que con palabras. Por lo mismo que la eficacia de los motivos en general no va ligada al contacto, pueden medir sus fuerzas influencias, unos con otros sobre la voluntad, esto es, que cabe que se produzca elección. Limítase ésta, en el animal, al estrecho círculo de lo que tiene presente a los sentidos; en el hombre, por el contrario, tiene por campo el amplio espacio de lo por él pensable, los conceptos. Por esto es por lo que se designan cual arbitrarios los movimientos que no se siguen, como los de los cuerpos inorgánicos, a causas, en el sentido estricto de la palabra, ni aun a meros excitantes, como en las plantas, sino a motivos. Estos, empero, presuponen intelecto, como medio que es de los motivos, medio por el que se verifica aquí la causación, no obstante su necesidad toda. Cabe designar también fisiológicamente la diferencia entre excitante y motivo. El excitante (Reiz) provoca la reacción inmediatamente, en cuanto ésta surge de la parte misma sobre que aquél obra; el motivo, por el contrario, es un excitante que tiene que dar un rodeo por el cerebro, donde nace, bajo su influjo, una imagen que es la que en primer lugar provoca la reacción subsiguiente, llamada volición. La diferencia entre movimientos voluntarios e involuntarios, refiérese pues, no a lo esencial y primario, que es en ambos casos la voluntad, sino meramente a lo secundario, la provocación de la exteriorización de la voluntad, o sea si se cumple dicha exteriorización por el hilo de las causas propiamente tales, o de los excitantes, o de los motivos, es decir, de las causas llevadas por el intelecto. En la conciencia humana, que se diferencia de la de los animales en que contiene, no sólo puras representaciones sensibles, sino además conceptos abstractos, que independientes de diferencia de tiempo, obran a la vez y conjuntamente, de donde puede surgir deliberación o conflicto de motivos; en la conciencia humana, digo, entra el albedrío en el más estricto sentido de la palabra, el que he llamado decisión electiva (Wahlentscheidung), y que no consiste más que en que el motivo más poderoso para un carácter individual dado venza a los demás determinando el acto, lo mismo que un choque es dominado por un contrachoque más fuerte, siguiéndose la consecuencia con la misma necesidad con que se sigue el movimiento de la piedra chocada. Sobre esto hállanse acordes todos los grandes pensadores de los tiempos todos, siendo tan cierto esto como que la gran masa jamás verá ni comprenderá la verdad de que la obra de nuestra libertad no hay que buscarla en las acciones aisladas sino en nuestra esencia y existencia. Todo lo cual lo he dejado expuesto del modo más claro posible en mi escrito acerca del libre albedrío.

 

El liberum arbitrium indiferentiœ es inaceptable como nota diferencial de los movimientos brotados de la voluntad, pues es una afirmación de la posibilidad de efectos sin causa.

 

Una vez que se ha logrado distinguir la voluntad del albedrío, considerando a este último como una especie o manera de manifestación de aquella, no habrá dificultad alguna en ver también a la voluntad en los actos inconscientes. El que todos los movimientos de nuestro cuerpo, hasta los meramente vegetativos y orgánicos, broten de la voluntad, no quiere decir en manera alguna que sean arbitrarios, pues esto equivaldría a decir que son motivos lo que los ocasionan. Pero los motivos son representaciones, cuyo asiento es el cerebro, y sólo las partes que reciben de éste nervios pueden ser por él movidas por motivos, y sólo a este movimiento llamamos arbitrario. Los de la economía interna del organismo, por el contrario, guíanse por excitantes, como los de las plantas, sin más diferencia que la de que la complicación del organismo animal, así como hizo necesario un sensorio exterior para la comprensión del mundo externo y la reacción de la voluntad sobre él, así también ha hecho necesario un cerebrum abdominale, el sistema nervioso simpático, para dirigir la reacción de la voluntad a los excitantes internos. Cabe compararlos, el primero al ministerio de Estado, y al de Gobernación el segundo, quedando la voluntad como el monarca, en todo presente.

 

Los progresos de la fisiología desde Haller han puesto fuera de duda que se hallan bajo la dirección del sistema nervioso no sólo las acciones extrínsecas acompañadas de conciencia (funciones animales), sino también los procesos vitales enteramente inconscientes (funciones vitales y naturales), estribando la diferencia en el respecto de la conciencia, no más que en que las primeras se guían por nervios que salen del cerebro, y las segundas por nervios que no comunican directamente con aquel centro capital del sistema nervioso, centro enderezado hacia fuera sobre todo, sino que se comunican con pequeños centros subordinados, los nodos de nervios, ganglios y sus tejidos, que están cual gobernadores de las diferentes provincias del sistema nervioso, dirigiendo los procesos internos por internas excitantes, así como el cerebro dirige las acciones externas guiándose de motivos externos; ganglios que reciben impresiones del interior y reaccionan a medida de ellas, así como el cerebro recibe representaciones y conforme a ellas se decide, limitándose, por lo demás, cada uno de aquéllos a un estrecho círculo de acción. En esto descansa la vita propria de cada sistema, respecto a la cual decía ya Van Helmont que cada órgano tiene su yo propio. De aquí se explica también la vida persistente, en las partes seccionadas, en insectos, reptiles y otros animales inferiores, cuyo cerebro no predomina sobre los ganglios de cada parte, e igualmente se explica el que diversos reptiles vivan semanas y hasta meses después de habérseles quitado el cerebro. Sabemos también por la más segura e experiencia que en las acciones guiadas por el centro capital del sistema nervioso y acompañadas de conciencia, el agente propiamente dicho es la voluntad, conocida por nosotros en la más inmediata conciencia y muy de otro modo que el mundo exterior; y no podemos, por lo tanto, menos que admitir que son igualmente manifestaciones de la voluntad las acciones que brotando lo mismo de aquel sistema nervioso, están bajo la dirección de sus centros subordinados, acciones que mantienen en duradera marcha el proceso vital, si bien nos es completamente desconocida la causa de que no vayan acompañadas, como las otras, de conciencia; y sabemos que la conciencia tiene su asiento en el cerebro, confinándose, en consecuencia, a aquellas partes cuyos nervios van al cerebro y cesando en ellas si dichos nervios son cortados. Así es como se explica por completo la diferencia entre lo consciente y lo inconsciente, y con ello lo que media entre lo voluntario y lo involuntario en los movimientos del cuerpo, sin que quede razón alguna para suponer los diversos orígenes del movimiento, puesto que principia praeter necessitatem non sunt multiplicanda. Es todo esto tan luminoso, que mirando la cosa libre de prejuicios, desde este punto de vista aparece casi cual un absurdo el querer hacer del cuerpo el criado de dos señores, en cuanto se haga derivar sus acciones de dos fuentes fundamentalmente diversas, atribuyendo a la voluntad los movimientos de los brazos y piernas, de los ojos, de los labios, de la garganta, lengua y pulmones, de los músculos, de la cara y del vientre, y por el contrario los del corazón, las arterias, los peristálticos de los intestinos, los de succión de las vellosidades intestinales y de las glándulas y todos los que sirven a las secreciones se hagan derivar de un muy otro principio, desconocido para nosotros y siempre oculto, al que se le designa con nombres tales como vitalidad, arqueo spiritus animalis, fuerza vital, impulso formador..., nombres que dicen tanto como X. En las secreciones, muy en especial, no cabe desconocer una cierta elección de lo que a cada una conviene, y, en consecuencia, albedrío del órgano que lo cumple, elección que ha de apoyarse en una cierta oscura sensación, mediante la cual cada órgano segregador saca de la misma sangre la secreción que le cuadra y no otra. Así sucede que de la sangre circulante el hígado no chupa más que bilis, dejando lo demás de aquélla; las glándulas salivales y el páncreas sólo saliva; los riñones, sólo orina; los testículos, esperma tan sólo, etc. Puédese, pues, comparar a los órganos secretores con diferentes ganados que pastan en la misma pradera sin coger uno de ellos más que la hierba acomodada a su apetito.

 

Notable e instructivo es el ver cómo el ilustre Treviranus, en su obra Los fenómenos y leyes de la vida orgánica, se esfuerza por determinar en los animales más bajos, infusorios y zoófitos, cuáles de sus movimientos sean voluntarios y cuáles automáticos o físicos, como él los llama, es decir, meramente vitales, partiendo para ello del supuesto de que tiene que habérselas con dos fuentes de movimientos originariamente diferentes una de otra, cuando la verdad es que tanto unos movimientos como otros salen de la voluntad, consistiendo la diferencia toda que entre ellos media en si han sido ocasionados por excitante o por motivo, es decir, si han mediatizado o no por un cerebro, pudiendo el excitante ser, a su vez, externo o interno. En muchos animales más elevados en la escala zoológica, crustáceos y hasta peces, se encuentra Treviranus con que concurren los movimientos voluntarios y los vitales, v. gr., en la locomoción con la respiración, clara prueba de la identidad de su esencia y origen. Dice en la pág. 188: En la pág. 288, dice: Aquí se ve cómo se confunden los límites de los movimientos que brotan de la voluntad con los de aquellos otros, al parecer extraños a ella. En la pág. 293:

 

Hay aún algunos ejemplos de que brotan igualmente de la voluntad los movimientos por excitante (los involuntarios) y los debidos a motivos (voluntarios), entrando aquí los casos en que un mismo movimiento se debe, ya a excitante, ya a motivo, como, v gr., la contracción de la pupila. Suele verificarse ésta por excitante que es el aumento de luz, y por motivo, siempre que nos esforzamos por examinar un objeto, bien pequeño o lejano, porque la contracción de la pupila efectúa visión clara más de cerca, pudiendo darle mayor claridad aún si miramos por un agujero hecho con una aguja, y dilatamos, por la inversa, la pupila cuando queremos ver en lontananza. Y no han de brotar de fuentes fundamentalmente diversas, por alternativa, movimientos iguales del mismo órgano. E. H. Weber en su programa, additamenta ad E. H. Weberi tractatum de motu iridis, Lipsiœ, 1823, nos cuenta que ha descubierto en sí mismo la facultad de dilatar y contraer a voluntad la pupila de un ojo, dirigida a un solo y mismo objeto, mientras queda cerrado el otro ojo, lo cual hace que se le muestre el objeto ya claro, ya indistinto. También Juan Müller trata de probar en su Manual de Fisiología que la voluntad obra sobre la pupila.

 
                                            
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La idea de que las funciones vitales y vegetativas llevadas a cabo sin conciencia tienen por su más intimo motor a la voluntad, es una idea que se confirma además por la consideración de que aun el movimiento, reconocido como voluntario, de un miembro, no es más que el último resultado de una multitud de alteraciones precedentes en el interior de ese miembro, alteraciones que no llegan a la conciencia más que aquellas otras funciones orgánicas, siendo manifiesto, no obstante, que son aquello sobre que actúa desde luego la voluntad, siendo el movimiento del miembro no más que una consecuencia. Mas como quiera que permanece tan extraña a ello nuestra conciencia, procuran los fisiólogos hallar mediante hipótesis la manera cómo se contraen las fibras musculares por una alteración en el tejido celular del músculo, en que mediante una sedimentación de la sangre resulta suero, cumpliéndose todo ello por mediación del nervio, movido por la voluntad. Y así es como aquí tampoco llega a conciencia la modificación que parte de la voluntad, sino tan sólo su remoto resultado, y aun esto propiamente no más que por la intuición de espacio del cerebro, intuición con que se representa al cuerpo todo. Pero lo que jamás han llegado a ver los fisiólogos en el camino de sus investigaciones e hipótesis experimentales, es que sea la voluntad el último miembro de esta serie causal, ascendente, verdad que han conocido muy de otra manera. Háseles sugerido la clave del enigma desde fuera de la investigación empírica, gracias a la feliz circunstancia de que es aquí el investigador mismo lo que hay que investigar, el investigador que experimenta el secreto del proceso interno, pues en otro caso tendría que detenerse su explicación como las de los demás fenómenos, ante una fuerza inescrutable. Y si guardáramos respecto a todo fenómeno natural la misma relación interna que con nuestro organismo guardamos, acabaría la explicación de cada fenómeno natural y de las propiedades todas de cada cuerpo por reverter a una voluntad que se manifiesta en ellos. No estriba la diferencia en la cosa misma, sino tan sólo en nuestra relación para con ella. Por dondequiera que llega a su fin la explicación de lo físico choca con algo metafísico, y dondequiera que esté esto metafísico al alcance de un conocimiento inmediato, nos dará, como aquí, a la voluntad. El que la voluntad anime y domine a las partes del organismo no movidas voluntariamente por el cerebro, es decir, por motivos, verdad es que nos lo prueba su comunidad de afecciones con todos los movimientos extraordinariamente vivos de la voluntad, esto es, con los afectos y pasiones; las rápidas palpitaciones cardíacas en el placer o el temor, el rubor en la vergüenza, la palidez en el terror y en el rencor disimulado, el llanto en la tribulación, la erección en las imágenes voluptuosas, la dificultad de respirar y la precipitación de la actividad intestinal en la angustia; la salivación en la boca al excitarse la golosinería, las náuseas a la vista de cosas asquerosas, el avivarse la circulación sanguínea y el alterarse la calidad de la bilis en la cólera, y de la saliva por una rabia súbita, en grado tal esto último, que un perro irritado al colmo puede comunicar la hidrofobia con su mordedura, sin estar atacado de rabia canina, lo cual se afirma también de los gatos y hasta de los gallos irritados. Ocurre, además, que puede una pena dañar en lo más profundo al organismo, obrando el terror mortalmente, y lo mismo puede dañarlo un placer súbito. Por el contrario, todas las modificaciones y los procesos internos todos que no se refieran más que al conocer dejando fuera de juego a la voluntad, quedan sin influjo sobre la maquinaria del organismo, por grandes e importantes que sean, hasta tanto que una actividad demasiado forzada e intensa del intelecto fatigue al cerebro y agote y arruine al organismo, lo cual confirma, en todo caso, que el conocer es de naturaleza secundaria y no más que la función orgánica de una parte, un producto de la vida, sin que forme el núcleo interno de nuestro ser, la cosa en sí, sin que sea metafísico, incorpóreo, eterno, como la voluntad. Esta no se cansa, no se altera, no aprende, no se perfecciona por el ejercicio, es en la niñez lo que en la ancianidad, siempre una y la misma e invariable su carácter en cada uno. Es así como lo esencial también lo constante, existiendo, por lo tanto, lo mismo en los animales que en nosotros, pues no depende como el intelecto, de la perfección de la organización, sino que es, en esencia, la misma en todos los animales, lo conocido íntimamente por nosotros. Por esto es por lo que tiene el animal los afectos todos del hombre: placer, tristeza, temor, cólera, amor, odio, celos, envidia, etc., dependiendo la diferencia que entre los animales y el hombre media no más que en el grado de perfección del intelecto, y como esto nos llevaría muy lejos; remito al lector al cap. 19 del segundo tomo de El mundo como voluntad y representación.

 

Teniendo en cuenta las expuestas y luminosas razones en apoyo de que el agente original en la maquinaria interna del organismo es precisamente la misma voluntad que guía los actos externos del cuerpo, dándose a conocer en éstos como tal, no más que por necesitar en ellos de la mediación del conocimiento, dirigido hacia fuera, y con conciencia en semejante proceso, teniendo en cuenta tales razones, digo, no ha de sorprendernos el que haya, además de Brandis, otros fisiólogos que hayan reconocido más o menos claramente en el curso de sus investigaciones meramente empíricas dicha verdad. Meckel, en su Archivo de fisiología (tomo V, pág. 195198), llega de un modo totalmente empírico y por completo libre de prejuicios al resultado de que la vida vegetativa, la formación del embrión, la asimilación del alimento, la vida de las plantas, cabría considerar muy bien cual manifestaciones de la voluntad y que hasta la acción del imán nos presenta apariencias de tal. , etc. El tomo es de 1819, cuando acababa de aparecer mi obra, y siendo por lo menos incierto que hubiese ejercido influencia sobre él, ni siquiera que la hubiese leído, por lo cual cuento esta manifestación entre las confirmaciones de mi doctrina empírica y sin prevención. También Burdach, en su gran Fisiología, tomo 1, pág. 259, llega del todo empíricamente al resultado de que , demostrándolo en seguida, primero en los animales, luego en las plantas, y en los cuerpos inanimados por último. ¿Qué es, empero, el amor propio, que no sea voluntad de conservar el ser propio, voluntad de vivir? Cuando trate de la anatomía comparada, citaré otro pasaje del mismo libro que confirma aún más decisivamente mi doctrina. En la tesis sostenida por el doctor von Sigriz en su promoción en Munich, en agosto de 1835 (tesis que se titula: 1. Sanguis est determinans formam organismi se envolventis. 2. Evolutio organica determinatur vitae internae actione et voluntate), veo con placer que empieza a extenderse en el más amplio círculo de los médicos hallando acogida entre sus representantes más jóvenes la doctrina de la voluntad como principio de la vida.

 

Tengo que citar, finalmente, una muy notable e inesperada confirmación de esta parte de mi doctrina, confirmación que nos ha sido comunicada por Colebrooke, tomándola de la antigua filosofía indostánica. En la exposición de las escuelas filosóficas de los indos, tal como nos las da en el tomo primero de las Transactions of the Asiatic Society of Great Britain, 1824, dice en la pág. 110 exponiendo la doctrina de la escuela Niaya, lo siguiente: vital invisible.» Es evidente que esto de las hay que entenderlo aquí no en el sentido fisiológico, sino en el popular de la palabra, siendo indiscutible, por lo tanto, que se hace derivar aquí la vida orgánica de la voluntad. Una indicación semejante de Colebrooke se encuentra en sus noticias sobre los Vedas (Asiatic researches, vol. 8, pág. 426), donde dice:

 

El haber yo reducido la fuerza vital a la voluntad no se opone, por lo demás, a la antigua división de sus funciones en reproductividad, irritabilidad y sensibilidad. Sigue siendo profunda esta distinción y dando ocasión a interesantes consideraciones.

 

La potencia reproductiva, objetivada en el tejido celular, es el carácter capital de las plantas y lo vegetal del hombre. Cuando predomina en éste, suponémosle flema, lentitud, pereza, torpeza de sentidos (beocios), si bien no siempre se confirma tal suposición. La irritabilidad, objetivada en las fibras musculares, es el carácter capital del animal y lo animal del hombre. Si en éste predomina, suele verse en él constancia, fortaleza y bravura, aptitud para los esfuerzos corporales y para la guerra (espartanos). Casi todos los animales de sangre caliente y hasta los insectos sobrepujan con mucho la irritabilidad del hombre. En la irritabilidad es en lo que con más viveza tiene el animal conciencia de su existir, y por esto es por lo que se exalta en las manifestaciones de ella. En el hombre vemos un rastro de esta exaltación en la danza. La sensibilidad, objetivada en los nervios, es el carácter capital del hombre y lo propiamente humano de él. Ningún animal puede compararse en esto, ni aun remotamente, con el hombre. Cuando predomina mucho da el genio (atenienses), y por esto es por lo que el hombre de genio es hombre en sumo grado. Y así es como se explica el que haya habido algunos genios que se han negado a reconocer a los demás hombres como tales hombres, por lo monótono de sus fisonomías y el común sello de vulgaridad, pues no viendo en ellos a sus iguales, caían en el natural error de creer la suya la constitución normal. En este sentido buscaba Diógenes con su linterna un hombre; el genial Koheleth dice: ; y Gracián, en el Criticón, la más grande y más hermosa alegoría que tal vez se haya escrito, dice: (1). En la misma razón estriba de hecho la propensión, propia de los genios todos, a la soledad, a lo que tanto les empuja, lo que de los demás se diferencian como les capacita para ello su riqueza interior. En los hombres, como en los diamantes, sólo los extraordinariamente grandes sirven para solitarios; los ordinarios tienen que estar juntos y obrar sobre la masa.


 
 
sonsoles
02 August 2009 @ 09:31 pm

 -2-

A las tres potencias fisiológicas fundamentales corresponden los tres gunas o propiedades fundamentales de los indos. Tamas-Guna, torpeza, tontería, corresponde a la potencia reproductiva —RajasGuna, apasionamiento, a la irritabilidad—; y Sattva‑Guna, sabiduría y virtud, a la sensibilidad. Y si se añade que tamasguna es la suerte de los animales, rajasguna la de los hombres y sattvaguna la de los dioses, queda expresado de manera más mitológica que fisiológica.

El asunto tratado en este capítulo, se trata igualmente en el cap. 20 del tomo II de El mundo como voluntad y como representación, capítulo titulado: . Recomiéndolo como ampliación de lo aquí dicho. En los Parerga corresponde al par. 94 del tomo II.


                                  
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2. Anatomía comparada

 

Deduciéndolo de mi proposición de que la cosa en sí de Kant, o sea el último substracto de todo fenómeno, sea la voluntad, había derivado no tan sólo el que sea la voluntad el agente en todas las funciones internas e inconscientes del organismo, sino también el que ese mismo cuerpo orgánico no es otra cosa que la voluntad dentro de la representación, la voluntad misma intuida en la forma intelectual de espacio. Por esto decía que así como toda volición momentánea aislada se muestra inmediata e infaliblemente en la intuición externa del cuerpo como una acción del mismo, así también el querer todo de cada animal, el complejo de sus tendencias todas, tiene que tener su fiel trasunto en el cuerpo mismo todo, en la constitución de su organismo, teniendo que existir la mayor concordancia posible entre los fines de la voluntad en general y los medios de que para la consecución de ellos le provee su organización. O, dicho en cuatro palabras, que el carácter total de su querer tiene que estar con respecto a la figura y constitución de su cuerpo en las mismas relaciones en que está cada volición con el acto vital conducente a ella. También esto lo han reconocido como un hecho en tiempos modernos, anatómicos y fisiológicos pensadores, por su propia cuenta e independientemente de mi doctrina, confirmándola, por lo tanto, a posteriori. Sus expresiones rinden aquí el testimonio de la Naturaleza en pro de la verdad de mi doctrina.

 

En los notables grabados , de Pander y D’Ahton, 1822, se dice en la pág. 7. lo siguiente: Lo que el autor expresa aquí, con este último giro, es que él, como todo naturalista, ha llegado al punto en que tiene que detenerse, por chocar con lo metafísico, que se encuentra allí con lo último conocible, más allá de lo cual escapa la Naturaleza a sus investigaciones, y allí es donde están las inclinaciones y apetitos, es decir, la voluntad. ; tal sería la breve expresión de su último resultado.

 

No menos expresivo es el testimonio que ha aportado a mi verdad el docto y profundo Burdach en su gran Fisiología, donde trata de las últimas razones del génesis del embrión. No puedo callar, por desgracia, que un autor tan excelente como éste, es aquí precisamente donde en mala hora y seducido Dios sabe cómo y por qué, emplea algunas frases de aquella pseudofilosofía completamente sin valor y robustamente impuesta, frases acerca del que dice ser lo originario, siendo precisamente lo último y lo más condicionado, del que no es, según él, , y por lo tanto, un hierro de madera. Pero en el mismo pasaje y al reaccionador influjo de lo mejor de sí propio, expresa la pura verdad en la pág. 710, diciendo: . Estas expresiones de Burdach, tan acomodadas a mi doctrina, recuerdan el pasaje aquel del antiguo Mahabharata, que es difícil no tomar, desde este punto de vista, por la expresión mística de la verdad misma. Está en el canto tercero del episodio de Sunda y Upasunda, en los publicados por Bopp en 1824. Brahma ha creado a Tilsttama, la más hermosa de todas las mujeres, y la rodea de la asamblea de los dioses; Siva tiene tales deseos de contemplarla que, como ella, recorre sucesivamente el círculo, y nácenle cuatro rostros, a medida del punto de vista, es decir, según las cuatro regiones del mundo. Tal vez se refieren a esto las representaciones de Siva con cinco cabezas, como Panch, Mukhti, Siva. De igual manera y con ocasión análoga nácenle a Indra los innumerables ojos de que tiene lleno el cuerpo. El Matsya Purana hace nacer a Brahma los cuatro rostros del mismo modo, es, a saber, porque habiéndose enamorado de Satarupa, su hija, la miró fijamente; pero ella viendo de reojo esa mirada, la esquivó, y él, avergonzado, no quiso seguir sus movimientos, a pesar de lo cual, formósele un rostro hacia aquel lado, y como ella hiciera lo mismo, prosiguiendo en esquivarse, llegó él a tener cuatro caras. La verdad es que hay que considerar a cada órgano cual la expresión de una manifestación volitiva universal, esto es, hecha de una vez para siempre; de un anhelo fijado; de un acto volitivo, no del individuo, sino de la especie. Toda figura animal es un apetito de la voluntad evocado a la vida por las circunstancias, v. gr., siente anhelo de vivir en los árboles, de colgarse de sus ramas, de alimentarse de sus hojas, sin tener que luchar con los demás animales, ni pisar el suelo, y este anhelo se manifiesta, de largo tiempo ya, en la figura (idea platónica) del animal llamado perezoso. Apenas puede andar, porque no está provisto más que de garras; privado de todo recurso en el suelo, manéjase muy bien en los árboles, apareciendo en éstos cual una rama enmohecida, con lo cual evita el que le vean sus perseguidores. Pero vamos a considerar la cosa más prosaica y metódicamente.

 

La evidente adaptación de cada animal a su género de vida, adaptación que se extiende hasta el individuo y a los medios exteriores de su conservación, y la exuberante perfección artística de su organización prestan el más rico argumento a consideraciones teleológicas, a que de antiguo propende el espíritu humano, consideraciones que llevadas a la Naturaleza inanimada han llegado a ser el argumento de la prueba físico‑teleológica. La sin excepción finalidad, la patente intencionalidad en las partes del organismo animal anuncian demasiado claramente que obran en ellas no ya fuerzas naturales sin plan alguno y al acaso, sino una voluntad, cosa que cabe reconocer en serio. Pero sucede que no cabía, dado el conocimiento empírico, pensar en la acción de una voluntad de otro modo que no sea dirigida por un conocer, puesto que hasta llegar a mí hase tenido, como explicado queda, a la voluntad y a la inteligencia por en absoluto inseparables, llegando hasta considerar a la voluntad cual una mera operación de la inteligencia, supuesta base del espíritu todo. Debía, por consiguiente, allí donde obrara una voluntad, ser guiada por una inteligencia, y por lo tanto, aquí también. Ocurre, empero, que la inteligencia, como medio que se dirige esencialmente hacia afuera, exige que una voluntad que, mediante ella sea activa, no pueda obrar más que hacia afuera, de un ser a otro. Y de aquí el que no se buscase a la voluntad, cuyas inequívocas huellas se había hallado, donde realmente se encontraba, sino que se la suponía hacia afuera, haciendo del animal un producto de una voluntad a él extraña dirigida por inteligencia que debía haber estado constituida por un concepto final muy claro y bien pensado, e inteligencia precedente a la existencia del animal y puesta fuera de éste con la voluntad toda cuyo producto es el animal. Y de aquí el que el animal existiera antes en la representación que en la efectividad, o sea en sí mismo. Tal es la base del proceso de pensamientos sobre que descansa la prueba físico-teleológica. Pero esta prueba no es un mero sofisma de escuela, como la ontológica; no lleva en sí misma un infatigable y natural contradictor, como la cosmológica; la tiene en la ley misma de la causalidad, a que debe su existencia; sino que es esta prueba, en realidad, para los doctos lo que para el pueblo la ceraunológica (2), teniendo una apariencia tan poderosa y grande, que se han dejado caer en ella las cabezas más eminentes y a la vez más libres de prejuicios, como, v. gr., Voltaire, que después de varias dudas de toda clase, vuelve siempre a ella, sin ver posibilidad alguna de traspasarla y hasta asentando cual matemática su evidencia. También Priestley la reputa incontrovertible. Sólo la circunspección y agudeza de Hume se mantienen aquí firmes; este legítimo predecesor de Kant, en sus Diálogos acerca de la religión natural, tan dignos de leerse, hace observar cómo en el fondo no hay semejanza alguna entre las obras de la Naturaleza y las de un arte que obra a intento. Tanto más grande brilla aquí el mérito de Kant, lo mismo en la crítica del juicio que en la de la razón pura cuanto que él es quien ha cortado el nervus probandi a esta prueba, tenida en tanto precio, así como a las otras dos. En mi obra capital, tomo I, se halla un corto resumen de esta contradicción kantiana a la prueba físico-teleológica. Por ella ha contraído Kant un gran mérito, pues nada se opone más a una justa visión de la Naturaleza y de la esencia de las cosas que semejante concepción de las mismas, cual si fuesen una obra llevada a cabo después de prudente cálculo. Y si luego un duque de Bridgewater ofrece grandes sumas como precio a fin de que se confirme y perpetúe tal error fundamental, trabajemos nosotros, inquebrantables, sin otro premio que la verdad, siguiendo las pisadas de Hume y de Kant. También en esto se limitó Kant a lo negativo, que cumple su efecto todo tan luego como se le complete con un recto positivo, cual solo procurador de satisfacción entera, conforme a la expresión de Spinoza: así como la luz se manifiesta a sí misma y manifiesta a las tinieblas, así la verdad es norma de sí misma y de lo falso. Digamos, pues, ante todo: el mundo no se ha hecho con ayuda de inteligencia, y, por lo tanto, no desde fuera, sino desde dentro, v entonces nos veremos obligados a mostrar el punctum saliens del huevo del mundo. El pensamiento físico-teleológico de que tenga que ser un intelecto el que ha ordenado y modelado la Naturaleza se acomoda fácilmente a todo entendimiento tosco, y es, sin embargo, tan absurdo como acomodado a él. El intelecto no nos es conocido más que por la naturaleza animal, y en consecuencia, cual un principio enteramente secundario y subordinado en el mundo, un producto del más posterior origen, no pudiendo, por lo tanto haber sido jamás la condición de su existencia, ni haber precedido un mundus intelligibilis al mundus sensibilis, puesto que aquél recibe de éste su materia. No un intelecto, sino la naturaleza del intelecto es lo que ha producido la Naturaleza. Mas he aquí que entra la voluntad como la que todo lo llena y se da a conocer inmediatamente en cada cosa, resultando aquél, el entendimiento, su manifestación, y ella como lo originario en donde quiera. Cabe, por lo tanto, explicar los hechos todos teleológicos partiendo de la voluntad del ser mismo en quien se verifican.

 

Debilítase ya, por lo demás, la prueba físico-teológica con la observación empírica de que las obras del instinto animal, la tela de la araña, el panal de las abejas, la vivienda de los térmites, etc., se nos presentan cual si fuesen hijas de un concepto final, de una amplia previsión y deliberación racional, cuando en realidad son obra de un ciego instinto, esto es, de una voluntad no guiada por inteligencia, de donde se sigue que no es seguro lo que de semejante disposición se deduce, basándolo en tal modo de ser las cosas. En el cap. 27 del segundo tomo de mi obra capital, se hallará una prolija consideración acerca del instinto. Ese capítulo, con el que le precede acerca de la teleología, pueden utilizarse cual complemento de todo lo tratado aquí.

 

Examinemos más de cerca la precitada adaptación de la organización de cada animal a su manera de vivir y a los medios de conservar su existencia. Ocurre aquí, desde luego, la pregunta de si es la manera de vivir la que se regula según la organización o ésta según aquélla. Parece, a primera vista, que sea lo primero lo exacto, puesto que en el orden del tiempo precede la organización a la manera de vivir, creyéndose que el animal ha adoptado el género de vida a que mejor se acomoda su estructura, utilizando lo mejor posible los órganos con que se halló; que el ave vuela porque tiene alas, el toro embiste porque tiene cuernos, y no la inversa. Esta opinión es la de Lucrecio:

 

Nil ideo quoniam natum est in corpore, ut uti possemus; sed, quod natum est, id procreat usum

 

desarrollada en el canto IV, 825-843. Sólo que en este supuesto queda sin explicación, cómo las partes totalmente diferentes del organismo de un animal responden en conjunto a su género de vida, que ningún órgano estorbe a otros, sino que más bien ayude cada uno a los demás, y que tampoco quede ninguno inutilizable, ni sirva mejor ningún órgano subordinado para otra manera de vivir, mientras solamente los órganos capitales hubieran determinado aquella manera de vida que sigue el animal. Sucede, antes bien, que cada parte del animal responde tanto a cada una de las otras partes como a su género de vida, v. gr., si las garras son siempre apeas para asir la presa, los dientes sirven para desgarrar y deshacer, y el canal intestinal para digerir y los miembros de locomoción a propósito para llevarlo allí donde se encuentre la tal presa, sin que quede inutilizable órgano alguno. Así, por ejemplo, el oso hormiguero tiene no sólo largas garras en las patas delanteras para poder derribar las viviendas de los térmites, sino también para poder introducirlo en dicha vivienda, un largo hocico de forma cilíndrica con pequeña mandíbula y una lengua larga, filiforme recubierta de una pegajosa mucosidad, lengua que mete profundamente en los nidos de los térmites, retirándola con los insectos a ella; pegados, y, por el contrario, no tiene dientes por que no los necesita. ¿Quién no ve que la figura del oso hormiguero se refiere a los térmites como un acto de voluntad a su motivo? Hay en el oso hormiguero una contradicción tan sin ejemplo entre los poderosos brazos, provistos de fuertes garras, largas y encorvadas, y la total falta de mandíbulas para morder, que si sufriera alguna nueva revolución la tierra sería el hormiguero fósil un verdadero enigma para las generaciones futuras que no conociesen a los térmites. El cuello del ave es por lo regular, como el de los cuadrúpedos, tan largo como sus piernas, para poder alcanzar así en tierra su alimento; pero en las palmípedas es a menudo mucho más largo porque van a buscar, nadando, su alimento bajo la superficie del agua. He visto un colibrí cuyo pico era tan largo como el pájaro todo de cabeza a cola. Este colibrí iría, sin duda alguna, a buscar su pitanza a alguna profundidad, aunque sólo fuese la de un hondo cáliz de flor (Cuvier, anat. comp., vol. IV, pág. 374), pues no se habría dado sin necesidad el lujo de semejante pico, cargando con todo su peso. Las aves de pantanos tienen patas desmesuradamente largas para poder vadear los charcos sin sumergirse ni mojarse, y conforme a ellas cuello y pico muy largos, este último fuerte o débil, según que tengan que triturar reptiles, peces o gusanos, a lo que corresponden siempre las vísceras, y por el contrario no tienen tales aves ni garras como las rapaces, ni membranas interdigitales como los patos, pues la lex parsimoniœ naturœ no consiente órgano alguno superfluo. Esta ley, juntamente con aquella otra de que a ningún animal le falte un órgano que exija su género de vida sino que todos, aun los más diversos, concuerden entre sí estando como calculados para un género de vida especialmente determinado, en el elemento en que viva su presa, para la persecución, victoria, trituración y digestión de ella, tales leyes son las que prueban que es el género de vida que el animal quería llevar para hallar su sustento el que determinó su estructura, y no la inversa y que la cosa ha sucedido como si hubiese precedido a la estructura un conocimiento del género de vida y de sus condiciones externas, habiendo, en consecuencia, escogido cada animal su instrumento antes de encarnarse; no de otro modo que cuando un cazador, antes de salir, escoge, según el bosque que haya elegido, su equipo todo, escopeta, carga, pólvora, burjaca, cuchillo y vestido. No es que tire al jabalí porque lleva escopeta de fuerza, sino que ha tomado ésta y no la de pájaros porque salía a jabalís; y el toro no embiste porque tiene cuernos, sino que tiene cuernos porque quiere embestir. Viene a completar la prueba el hecho de que en muchos animales, mientras están todavía en el crecimiento, se manifiesta la aspiración volitiva a que ha de servir un miembro, precediendo así su uso a su existencia. Así es que cornean los corderos, los cabritos y los terneros con la cabeza, tan sólo, antes de tener cuernos; el jabato dirige golpes a derecha e izquierda en torno de sí cuando todavía le faltan los colmillos que responden al efecto apetecido, no sirviéndose, por el contrario, de los pequeños dientes que tiene ya en la mandíbula y con los que podría morder. Así es que su modo de defensa no se dirige según las armas que posee, sino a la inversa. Esto lo notó ya Galeno (De usu partium anim. I, 1) y antes que él Lucrecio (V. 1.032‑39), y de aquí obtenemos la certeza completa de que no es que la voluntad, cual algo adventicio, surgido tal vez de la inteligencia, aproveche los instrumentos conque se encuentra ya desde luego usando de las partes por encontrarse allí con ellas y no con otras, sino que lo primero y originario es el esfuerzo por vivir de esa manera, por luchar de tal modo y no de otro, esfuerzo que se manifiesta no sólo en el uso, sino también en la existencia de las armas y tanto más cuanto que aquél precede a menudo a ésta, indicándonos así que las armas se producen porque existe el esfuerzo y no la inversa. Es lo que sucede con toda parte en general. Ya Aristóteles expresó esto al decir de los insectos armados de aguijón que (de part. animal. IV, 6), y en otro pasaje: El resultado final es que todo animal se ha hecho su estructura conforme a su voluntad.

                                                       
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Con tal evidencia se impone esta verdad al zoólogo y al anatómico pensadores, que si no ha depurado éste su espíritu por una más profunda filosofía, puede verse arrastrado a extraños errores. Tal ha sucedido en realidad a un zoólogo de primera fila, el inolvidable Lamarck, que ha logrado mérito inmortal por el descubrimiento de 1a tan profunda división de los animales en vertebrados e invertebrados. En su Philosophie zoologique, vol. I, C. 7, y en su Hist. nat. des animaux sans vertébres, vol. I, introd. pág. 180-212, afirma con toda seriedad, esforzándose por probarlo prolijamente, que la figura, las armas peculiares y los órganos de toda clase que obran hacia afuera en cada especie de animal no existían en el origen de la especie, sino que han nacido a consecuencia de los esfuerzos voluntarios del animal, provocados por la constitución de su ambiente, por sus propios esfuerzos repetidos, y los hábitos que de ellos brotan, y que han nacido en el curso del tiempo y gracias a la generación. Así —dice— han conseguido membranas interdigitales las aves y los mamíferos nadadores, porque extendían sus dedos para nadar; las aves de pantano se hallaron con largas patas y cuello largo a consecuencia de vadear pantanos; las bestias cornudas se encontraron por primera vez con cuernos porque, a falta de buenas dentelladas, sólo podían pelear con la cabeza, y este género de lucha les crió los cuernos. El caracol estaba en su principio, como otros moluscos, sin cuernos; pero le nacieron tales por la necesidad de tantear los objetos circunstantes. El género todo felino recibió con el tiempo garras, de la necesidad de desgarrar la presa, y de la necesidad de manejarse en la marcha y no verse estorbado por ellas, la vaina en que las guarda y la movilidad de ellas. La jirafa, atenida al ramaje de altos árboles en el Africa seca y sin hierba, alargó sus patas delanteras y su cuello hasta lograr su extraña figura, de veinte pies de alto por delante. Y así, sigue haciendo nacer conforme al mismo principio una multitud de especies animales, sin echar de ver la patente objeción de que habrían sucumbido las especies en tales esfuerzos antes de que en el curso de innumerables generaciones hubiesen producido los órganos necesarios a su conservación, desapareciendo por falta de éstos. Tan ciego, pone una hipótesis preconcebida. Ha nacido aquí ésta, sin embargo, de una exacta y profunda concepción de la Naturaleza, es un error genial, que honra a su autor, a pesar del absurdo todo que en él radica. Lo que hay de verdadero en tal hipótesis es lo que, como naturalista, vio su autor, puesto que comprendió bien que es la voluntad del animal lo originario y lo que ha determinado su organización. Lo falso, por el contrario hay que cargarlo, como culpa, a la cuenta de la atrasada condición de la metafísica en Francia, donde todavía dominan Locke y su sucesor Condillac, más endeble que él, y donde, por lo tanto, sigue tomándose al cuerpo como a cosa en sí, al tiempo y al espacio como cualidades de la cosa en sí, sin que haya allí penetrado aún la grande y fecunda doctrina de la idealidad del tiempo y del espacio, ni nada de lo que en ella va implícito. Y de aquí el que no pudiera concebir Lamarck la constitución de los seres de otro modo que en el tiempo por sucesión. La profunda influencia de Kant ha desterrado de Alemania errores de esa clase, así como la crasa y absurda atomística de los franceses y las edificantes consideraciones fisico‑teológicas de los ingleses. ¡Tan beneficiosa y perseverante es la influencia de un gran espíritu aun sobre una nación que pudo abandonarle para seguir a fanfarrones y charlatanes! Mas nunca pudo ocurrírsele a Lamarck la idea de que la voluntad del animal, como cosa en sí, esté fuera del tiempo, pudiendo ser, en tal sentido, más originaria que el animal mismo. Pone primero, por lo tanto, el animal sin órganos decisivos; pero también sin decisivas tendencias, provisto meramente de percepción, que le enseña las circunstancias en que tiene que vivir, surgiendo de tal conocimiento sus tendencias, es decir, su voluntad y de ésta, por fin, sus órganos y su corporización determinada, con ayuda de la generación y en inmenso espacio de tiempo, por consiguiente. Si hubiera tenido ánimo para poder llegar hasta el fin, habría tenido que suponer un animal primitivo, que debería ser sin figura ni órganos, y el cual se habría transformado en las miríadas de especies de animales de toda clase, desde la mosca hasta el elefante, en virtud de circunstancias climatéricas y locales. Mas la verdad es que tal animal primitivo es la voluntad de vivir, siendo como tal algo metafísico y no físico. Cada especie ha determinado su forma y organización por su voluntad propia y a la medida de las circunstancias en que quería vivir, mas no cual algo físico en el tiempo, sino como algo metafísico fuera del tiempo. La voluntad no ha brotado de la inteligencia existiendo ésta, con el animal todo, antes que se hallara la voluntad, como mero accidente, como algo secundario y aun terciario, sino que es la voluntad lo primario, la esencia en sí, y el animal su manifestación (mera representación en el intelecto consciente y en sus formas el tiempo y el espacio) animal provisto de todos los órganos que pide la voluntad para vivir en esas circunstancias especiales. A estos órganos pertenece también el intelecto, la inteligencia misma, estando acomodado, como los demás, al género de vida de cada animal; mientras que Lamarck hace nacer de él la voluntad.

 

Examínese las innumerables figuras de los animales para ver cómo no es, en todo caso, cada una de ellas nada más que la imagen de su voluntad, la expresión sensible de sus tendencias volitivas, que son las que forman su carácter. La diversidad de figuras no es más que el trasunto de la diversidad de caracteres. Los animales predatorios, enderezados a la lucha y el robo, se presentan con terribles fauces y con garras y fuertes músculos; su mirada penetra en lontananza, sobre todo cuando tienen que acechar su presa desde una altura en que se ciernan, como les sucede al águila y al cóndor. Los animales tímidos, que tienen voluntad de buscar su salvación no en la lucha, sino en la fuga, están provistos, en vez de armas, de patas ligeras y rápidas y de oído agudo. El más medroso de entre ellos, la liebre, ha provocado el notable alargamiento de sus orejas. Al exterior corresponde el interior; los carnívoros tienen intestinos cortos; los herbívoros los tienen largos, para un más lento proceso de asimilación; a fuerza muscular e irritabilidad grandes acompañan cual necesarias condiciones, una fuerte respiración y una rápida circulación sanguínea, representadas por órganos acomodados a ellas, no siendo posible una contradicción. Manifiéstase cada especial esfuerzo de la voluntad en una especial modificación de la figura, de donde resulta que determina a la figura del perseguidor el lugar en que la presa habita; si ésta se retira a elementos difícilmente accesibles, a escondidos rincones, en la noche y las tinieblas, toma el perseguidor la forma que a tal medio mejor cuadre, sin que haya ninguna tan grotesca que la voluntad no revista para lograr su fin. Debe el pico cruzado (loxia curvirostra) la enorme figura de su aparato masticador a que tiene que sacar las semillas de que se nutre de entre las escamas de la piña. Para buscar reptiles en los pantanos es para lo que tienen las zancudas su extraña figura, su largo cuello, sus largas patas y su largo pico. Para desenterrar térmites tiene el oso hormiguero los cuatro largos pies con piernas cortas, fuertes y largas garras y fauces pequeñas y desdentadas; pero provistas de una lengua viscosa y filiforme. Va el pelícano de pesca con una monstruosa bolsa bajo el pico para poder guardar en ella muchos peces. Para caer de noche sobre los durmientes, vuelan los búhos provistos de pupilas desmesuradamente grandes, que les permiten ver en la oscuridad, y con plumas enteramente blandas que, haciendo silencioso su vuelo, no despierten a los que duermen. El siluro, el gimnoto y el torpedo tienen un completo aparato eléctrico para atontar a la presa antes de alcanzarla, así como para defenderse de sus perseguidores. Donde alienta un viviente hay otro para devorarlo (3), resultando cada uno de ellos como enderezado y dispuesto, hasta en lo más especial, para la aniquilación del otro. Así, v. gr., entre los insectos, los icneumones, atentos a la futura provisión para sus crías, ponen sus huevos en el cuerpo de ciertas orugas y larvas semejantes, a las que traspasan con su aguijón. Y se ha observado que los que se atienen a larvas que se arrastran libremente, tienen aguijones enteramente cortos, de 1/8 de pulgada, mientras el pimpla manifestator, que se atiene a la chelestoma maxillosa, cuya larva se oculta en lo hondo de la madera, donde no puede aquél alcanzarla, tiene un aguijón de dos pulgadas, y casi tan largo lo tiene el ichneumon strobillœ, que pone sus huevos en larvas que viven en las piñas del pino, para lo cual atraviesan éstas hasta llegar a la larva, la pinchan y ponen en la herida un huevo, a cuyo producto alimenta después la larva. Y no menos claro se muestra en la armadura defensiva de los perseguidos la voluntad de éstos de evitar a los enemigos. El erizo y el puerco‑espín erizan todo un bosque de púas. Armados de pies a cabeza, impenetrables a los dientes, los picos y las garras, aparecen el armadillo, la tortuga y otros, y en pequeño la clase toda de los crustáceos. Han buscado otros su protección no en obstáculos físicos, sino en engañar al perseguidor; así el calamar se ha provisto del material necesario para producir una nube oscura, que esparce en su derredor en el momento del peligro; el perezoso se parece, hasta confundirse con ella, a una rama enmohecida; la pequeña rana verde a la hoja, e innumerables insectos al lugar de su residencia habitual; el piojo del negro es negro; nuestra pulga lo es también; pero ésta se ha abandonado a sus amplios e irregulares saltos, para lo que se ha dado el lujo de un aparato de fortaleza sin ejemplo. La anticipación que se actúa en todos estos medios podemos reducirla a la que en los instintos se nos muestra. La araña joven y la hormiga león no conocen todavía a la presa con que se encuentran por vez primera. Y lo mismo sucede con la defensiva: el insecto bombex mata, según Latreille, con su aguijón al parnope, aunque ni se lo come ni es por él comido, sino porque más tarde pone el segundo sus huevos en el nido del primero, impidiendo el desarrollo de los de éste, cosa que no la sabe todavía. Con tales anticipaciones se confirma una vez más la idealidad del tiempo, idealidad que surge en general siempre que de la voluntad como de la cosa en sí, se trata. En lo aquí tratado, así como en otros respectos, sírvense de mutua explicación los instintos del animal y las funciones fisiológicas, porque en ambos casos obra la voluntad sin conocimiento.

 

 

Notas

 

(1) Como no he podido haber a mano El Criticón, de Gracián, en vez de copiar este pasaje de su original como debería haber hecho, me he visto precisado a retraducirlo, o sea traducirlo al castellano de traducción de Shopenhauer ‘’. (N. del T.)

 

(2) Podría bajo esta denominación añadir a las tres pruebas citadas por Kant una cuarta la prueba a terrore que define la vieja frase de Petronio primus in orbe Deus fecit timor. Como crítica de ella hay que considerar a la incomparable Natural history of religion, de Hume. Entendida en el mismo sentido; podría tener su verdad también la prueba intentada por el teólogo Schleiermacher, basándose en el sentimiento de dependencia, si bien no la verdad que se proponía darle el que la estableció.

 

(3) Comprendiendo esto y examinando los muchos fósiles de marsupiales de Australia, en parte muy grandes, iguales en tamaño al rinoceronte, llegó ya en 1842 R. Owen a la conclusión de que debía haber existido también allí un gran carnicero coetáneo; lo cual se ha confirmado más tarde hallándose en 1346 una parte del cráneo de un carnívoro del tamaño del león, al que se ha llamado thilacotso, esto es, león de bolsa, por ser también marsupial.

 

 
 
 
sonsoles
02 August 2009 @ 01:17 pm

                              NIETSZCHE

 

Por José L. Torrents

 

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Nietzsche no es un filósofo al uso, que haya elaborado un sistema filosófico concreto, ya sea una ética, una metafísica basada en la moral como Emmanuel Kant, una dialéctica del espíritu o materialista como Hegel o Marx. Ante todo ha sido un psicólogo en el sentido más grande de la palabra, su psicología es innata e intuitiva. Se da en él como el olfato a los felinos. Ha sido un escudriñador de las costumbres, de la moral, de las religiones, y también un profeta o un vidente al insinuar, no tuvo tiempo de hacer otra cosa —murió a los 54 años— la Ley del “Eterno Retorno de lo Idéntico”.
Se ha hablado, se ha escrito mucho, sobre si Nietzsche influyó en el movimiento nacionalsocialista; las opiniones son para todos los gustos y es curioso que al emparentar al filósofo con el estadista, existan las mayores contradicciones, y eso en todos los campos: políticos o pensantes, desde los nacionalsocialistas hasta los enemigos de éstos. Que estas contradicciones existan en sus enemigos es cosa natural, pues la contradicción está en su misma esencia, incluso que los reparos sobre Nietzsche, cuando no la abominación, se den entre las derechas tradicionales: nacionalistas, patrioteras y religiosas, es perfectamente lógico. Lo increíble, diría que lamentable, es el hecho de que también algunos nacional-revolucionarios de hoy lo sigan considerando como a un filósofo peligroso por contradictorio.
Para los millones de nacionalsocialistas o de fascistas que había en Europa hasta 1945, el aceptar o no como “suyo” a Nietzsche, no tenía la menor importancia, bastaba con que la comprensión del filósofo estuviera en un reducido número, en las élites.
Pero hoy, en la “pleamar del nihilismo”, o los nacional-revolucionarios comprenden de una vez por todas la dimensión del mensaje de Nietzsche, o caen en una tartufería sentimentaloide, con lo cual y por mas voluntad que pongan en su tarea, entorpecen más que ayudan a la formación de la nueva élite que debe o debería formarse. “Dios ha muerto” y con él: la religión, la moral, la patria. Se necesita un “Hom­bre Nuevo”. Fue el nacionalsocialismo quien más lejos llevó la formación de éste, pero era inevitable que fuera un híbrido, entre la “voluntad de poder” y el romanticismo de Wagner: el romanticismo, la gran nostalgia, los mejores restos de una civilización desafiando a su inevitable fin, “El Ocaso de los Dioses”.
Tal afirmación, seguramente será tachada de exagerada. No me molestaré demasiado en demostraciones, no es esto lo que pretendo aquí, simplemente diré como Nietzsche: “Es un nuevo paso hacia la independencia el atreverse a expresar apreciaciones que han de causar vergüenza a quienes las propagan. En este caso hasta los amigos y conocidos se manifiestan inquietos. Es este todavía un fuego por el cual debe pasar la naturaleza bien dotada; enseguida se pertenece aún más a ella misma” (“Humano, demasiado humano” afr. 619).
Volviendo al tema central, —del cual me he apartado para dar unas sugerencias y sobre todo, dejar constancia de que el nacionalsocialismo no fue radicalmente nietzscheiano, pero sí fue el Movimiento que más cerca estuvo de él— daré los siguientes datos como prólogo, aún y siendo estos, del aspecto más exterior. En 1934 el Partido nacionalsocialista promueve lo que parecía la edición definitiva de las obras editadas por el “Archivo Nietzsche”. El 1 5 de octubre del mismo año, en Weimar y en presencia de Hitler se conmemora solemnemente el 90 aniversario del nacimiento del filósofo. En 1937 se levanta un nuevo edificio especial para el “Archivo Nietzsche”. Hitler regala a Mussolini las obras completas de Nietzsche encuadernadas en piel (cabe constar que los dos pensadores que más influyeron en el Duce, fueron Nietzsche y Sorel). En el libro “Conversaciones sobre la guerra y la paz” existe la siguiente manifestación de Hitler: “En el “hall” de la Biblioteca de Linz se pueden ver los bustos de Kant, Schopenhauer y Nietzsche. Los ingleses, los franceses y los americanos no son capaces de alinear filósofos de esta talla... Nietzsche ha superado maravillosamente el pesimismo de Schopenhauer”. Mayores honores por parte de Hitler hacia un prohombre alemán, sólo lo vemos en la persona de Wagner.
En otro orden, más particular si se quiere, Otto Skorzenny, considerado hasta el fin de la guerra, como el hombre “más peligroso de Europa” por su sensacional hazaña, entre otras, de la liberación del Duce, titula su primer libro de memorias con la famosa frase de Nietzsche “Vive Peligrosamente” y cuando relata sus experiencias y conversaciones con Hitler en plena guerra, queda vivamente impresionado por el temple y la firmeza del Führer ante tantas dificultades y adversidades y le recuerda la imagen conque Nietzsche describe al “Superhombre” en la simple pregunta: “¿Acaso busca su felicidad? No, busca su Obra”.
Uno de los intelectuales españoles actuales más serios, Rafael Gabra, llama a la filosofía de Nietzsche y de su discípulo Martín Heideger, “existencialismo vitalista” y la resume admirablemente cuando dice: ”Existe para cada hombre, sin embargo, una posible salvación: aceptar la propia situación, dar un enérgico SI a los hechos y autoafirmarse por la acción y por la lucha”.
Y continúa: “Puede reconocerse una influencia de esta filosofía en la actitud de la juventud alemana en las filas del nacionalsocialismo durante la última guerra mundial. Actitud desengañada, escéptica, respecto a valores universales, pero que, por un enérgico voluntarismo, afirma y deifica su propia existencia colectiva —la Raza y el Estado germánico—, y se entrega desesperadamente a una lucha de la que espera­ba ver surgir su propio ser y el sentido de su vida” (Historia sencilla de la Filosofía, Ed. Rialp).
Asimismo, Martín Heideger, teorizador de la metafísica existencialista, se confiesa discípulo de Nietzsche y durante el período nacionalsocialista, da numerosas conferencias ente los más destacados miembros del Partido y de la vida cultural- —que no se excluían—, sobre la interpretación de la filosofía nietzscheiana. Su libro, “Sendas perdidas” es un glosario de estas conferencias, particularmente es el capítulo sobre la frase de Nietzsche, “Dios ha muerto”.
A ambos filósofos se les ha considerado, por parte de ciertos intelectuales, como anarquistas. De Nietzsche hablaremos más adelante, de Heideger y para dar una oportuna aclaración, en 1943 se expresó de la siguiente forma al manifestar públicamente su ciega adhesión a Hitler con estas palabras: “Ni los dogmas ni las verdades racionales deben erigirse en normas de nuestra conducta. Hoy y siempre, el Führer es el único capacitado para decidir lo que es bueno y lo que es malo. El Führer es nuestra única ley”. (Historia Ilustrada del III Reich).
Hecha esta introducción preliminar paso ha hacer un resumen de la vida y de la obra del filósofo, con las exposiciones necesarias para clarificar sus pretendidas contradicciones, su influencia o semejanza con Hitler y el movimiento nacionalsocialista, así como advertencias o sugerencias a los nacional-revolucionarios de hoy y de mañana.
 
 

 


 
 

Federico Guillermo Nietzsche nació en Roecken, población de Tunngia el 11 de octubre de 1844. Su padre era pastor protestante, de aquí puede deducirse que conociera ya en su infancia y de cerca la moral cristiana. En julio de 1849, o sea, cuando el mozo tenía 5 años, muere su padre y la familia; su madre y su hermana Elisabeth se trasladan a Naumburg.


 

Ya desde la infancia Nietzsche destaca por su inteligencia y seriedad por encima de sus compañeros. Una anécdota puede ser suficientemente ilustrativa; su madre y su hermana le esperaban a la salida del colegio durante una fuerte lluvia, todos los niños salían corriendo en busca de refugio, de pronto apreció él, caminando tranquilamente empapándose de agua, su madre le gritaba para que se apresurase, pero él no se inmutó y cuando llegó junto a ellas les dijo que la norma que le habían enseñado era de no salir corriendo y saltando, sino caminando con compostura.



A los 15 años ingresa en la escuela de Pforta y cursa en ella estudios secundarios, cabe señalar que el ingreso en este prestigioso colegio lo obtiene mediante una beca. La superioridad intelectual de Nietzsche que de pequeño se vislumbra, se hace ahora patente, sus compañeros se lo reconocen, a pesar del “pathos de la distancia” que mantenía con ellos y que será una constante en toda su vida, ya al final de su vida lúcida, en ECCE HOMO dirá “¡Sobre todo, no me confundais con otros!”. Es una época en que el estudio le absorve, y causa admiración ver la multitud, variedad y profundidad de las lecturas de Nietzsche, que a los 18 años tenía ya una filosofía propia, influenciada por Emerson y Fichte —mas tarde la definitiva influencia la recibiría de Schopenhauer—. Pero en las materias que más destaca es en el latín, el griego y en el cristianismo romántico. En la cultura griega y en el cristianismo fija su atención en el problema moral que no dejará de analizar y ser su PROBLEMA a resolver durante toda su vida. Asimismo aumenta su afición por la música, tanto como intérprete como compositor, tocaba el piano con brillantez siendo a la vez un gran improvisador, Wagner llegó a decir de él más tarde “Que era demasiado buen músico para ser profesor”.
A pesar de sus esfuerzos por ser sociable no parece haber tenido en el empeño mucho éxito. Su mejor amigo, que lo sería durante toda su vida era Paul Deusen, que más tarde se convirtió en el gran orientalista debido a su obra sobre la Vedanta, que sigue siendo clásica (lo cual quiere decir, desconocida actualmente). En 1.864, terminados sus estudios secundarios en Pforta, ingresa en la Universidad de Bonn para seguir los estudios de filología clásica y teología, pero pronto abandona esta última materia para dedicarse por entero a la filología, en que, en la fisiología encuentra unos puntos de apoyo esenciales, que junto con su intuición sobre el PROBLEMA MORAL darán a su filosofía la clasificación, si es que puede clasificarse en un sólo molde, de filosofía VITALISTA (En España, Ortega y Gasset será el máximo exponente de ella con su racio-vitalismo).
Su fé en este período había naufragado. Es el año 1865 y decide trasladarse a Leipzig para proseguir y perfeccionar sus estudios de filología clásica al lado de la máxima figura alemana en este campo, el profesor Ritschl. Son años de una total entrega a esos estudios; funda una Asociación filológica en la que da conferencias, esto le será de gran ayuda en un futuro inmediato.
Pero antes del ingreso en la Universidad de Leipzig, sucede un acontecimiento que posible y desgraciadamente le marcará para toda su vida. En febrero de 1865 hace un viaje a Colonia, le pide a un amigo la dirección de un hotel y este le entrega la de un burdel. Nietzsche en una carta a Paul Deusen le dice: “Me encontré repentinamente rodeado de media docena de criaturas vestidas de gasa y de lentejuelas, que me miraban ávidamente...” En 1867 hace su servicio militar en caballería, sufriendo una caída, a la cual se atribuye su parálisis posterior. Sobre sus ideas políticas de aquella época y según la opinión de Strouxes es la de que “Nietzsche no está, propiamente hablando, orientado hacia la política. Tiene, a grandes rasgos, simpatía por la creciente grandeza de Alemania, pero ninguna por su forma prusiana; un gusto muy vivo por un libre desarrollo cívico e intelectual”.
Que así opinaba no puede negarse, es una constante en él. Y aquí precisamente surge ya, la primera aparente contradicción sobre su pensamiento. Debido a esas opiniones y a frases dirigidas contra los alemanes como por ejemplo “Matad el espíritu, siempre os quedará el Reich”, pronunciadas con evidente desprecio, ha servido para que el progresismo intelectual —siempre tan ávido de detalles inconexos— intentara, como antes hemos explicado, sino apropiárselo del todo, por lo menos demostrar que los movimientos nacional-revolucionarios lo invocaban sin razón y aconsejando que cambiáramos de “santo patrón”. Y, como ya he dicho, muchos nacional-revolucionarios con poca agilidad mental, huyendo de todo lo que no sea concreto y tangible, lo miran con evidente desconfianza, de soslayo. Ni unos ni otros han llegado más allá en sus conclusiones, que el efecto exterior producido por la letra impresa.
Debería haberse comprendido, debería tenerse la sutileza suficiente para ver que un hombre como Nietzsche, que admira del código de Manú (código de las castas hindúes), que en todo momento muestra su admiración por la Grecia pre-socrática y por la Roma clásica, que hace perfectas diferenciaciones entre lo aristocrático y lo plebeyo y que al mismo tiempo se inclina “por un libre desarrollo cívico e intelectual”, está muy lejos del democratismo —al que tacha de decadente—, o del socialismo al que llega a decir de él en la VOLUNTAD DE PODER: “El socialismo, tiranía extrema, ejercida por necios y mediocres, disunula mal la voluntad de negar la vida”. Bien, ¿entonces, que es lo que dice Nietzsche en realidad? ¿que entiende por un libre desarrollo cívico e intelectual? ¿porque, su mal de ojo hacia el Reich?.
Lo primero que ve en ello un espíritu ágil, o por lo menos que olfatea algo DEMASIADO MORAL en todo lo concreto es, que no se refiere al gran número, eso debería saltar a la vista, pero será mejor que Nietzsche con su poder de síntesis nos lo refiera. Para ello citaremos el aforismo quinto del capítulo “Lo que los alemanes están perdiendo” de su obra CREPUSCULO DE LOS DIOSES: “Lo que las “escuelas superiores” de Alemania (y de todo el mundo civilizado añadimos nosotros) logran de hecho es un adiestramiento brutal para hacer aprovechable para el Servicio del Estado, con la menor pérdida posible de tiempo, un gran número de jóvenes. “Educación superior” y gran número —son cosas que de antemano se contradicen. Toda educación superior pertenece tan sólo a la excepción. Ninguna de las cosas grandes, ninguna de las cosas bellas pueden ser jamás bien común: (lo bello es cosa de pocos hombres). ¿Que es lo que condiciona la decadencia de la cultura alemana? El hecho de que la “educación superior” no sea ya un privilegio, es el democratismo de la “cultura general”, la cual se ha vuelto común...”. ¿Ha quedado aclarado el concepto?
No obstante, muchos nacional-revolucionarios nos objetarán que precisamente lo que ellos quieren es suprimir al marxismo, a fín de que ea posible que el pueblo ¡siempre el pueblo! se eleve mediante la generalización de la cultura y adquiera conciencia de su patria, de su raza, de que quede integrado dignamente en un destino, nos dirán además, que Hitler lo logró en los 6 años de paz nacionalsocialista, etc.
Sólo cabe preguntar a tales idealistas ¿el pueblo —el gran número— se lo ha agradecido? ¡NO! El pueblo se ha comportado tal como Hitler lo describiera en un pasaje de MI LUCHA: “La capacidad de recepción y comprensión de las masas es muy limitada, mientras que u falta de memoria es extraordinaria”.
Se objetará de nuevo que Hitler hizo un gran Reich —el mal de ojo de Nietzsche—. La refutación de tal objeción es bien fácil; frente a los super-estados soviéticos y democráticos, hubiese sido ingénuo oponer principados federados. Por lo demás, debería recordarse la aversión de Hitler a la burocracia, al poder absorvente del estado sobre la iniciativa del individuo, a la excesiva legislación del derecho civil y penal que anula el espíritu mismo de justicia en beneficio de la burocracia de bufetes, etc. Como todo ello es perfectamente demostrable, debemos considerar seriamente que Hitler era consciente de las desventajas que suponía un gran estado, pero que el condicionamiento mundial le impuso esto como le impuso otras actitudes bien alejadas de sus principios. No obstante, que en plena guerra asistiera y protegiera a festivales de música, exposiciones de arte, proyectara ciudades modelo, se preocupara de la Ecología, y sobre todo y eso en todo tiempo, concediera más importancia a la fuerza de voluntad y a la iniciativa individual que a la organización en sí, demuestra hasta que punto quería paliar la acción del Estado. En “Mi Lucha” dice:
“El filósofo debe llevar sus conclusiones a lo máximo, a su esencia, el político debe dar los pasos y rodeos necesarios para que ello sea posible”. Los puntos de contacto de ambos genios creemos que han sido puestos de relieve, con la natural diferenciación de cometidos.
Esperando haber dado cauces para un aproximación al entendimiento de las pretendidas contradicciones del genio, prosigamos en su vida.
Continúa sus estudios en Leipzig. Un día encuentra en una librería “El mundo como voluntad y representación” de Schopenhauer. El mismo nos dice: “Yo no sé qué demonio me sopló volver a casa con aquel libro. Apenas estuve en mi habitación abrí el tesoro que había adquirido y comencé a dejar obrar sobre mí a este sombrío y enérgico genio”. Se dice que durante quince días estuvo absorto en la lectura de este libro releyéndolo diez veces.
Aunque la Originalidad y profundidad de Nietzsche son incomparablemente superiores a las del viejo rival de Hegel, no cabe duda de que este libro abrió la brecha por la que penetró más tarde el viento demoledor del Zarathustra.
En 1868 conoce, por mediación de la joven esposa de Wagner, Cósima al maduro y ya famoso compositor, que cree ver en el joven filósofo un teorizador de sus monumentales dramas musicales, como así será, en parte, en “El nacimiento de la tragedia”. Este mismo año, el profesor Ritchls, que le tenía en gran estima, logró que la Universidad de Basilea, en Suiza, le ofreciera la cátedra de Filología Clásica. El aceptó, y cuando contaba tan sólo 24 años, la Facultad de Leipzig le concedía, sin previo examen y sin tesis, el título de Doctor, gracias a los relevantes méritos de los estudios realizados y de las conferencias dadas sobre filología.
El discurso que como lección de principio de curso pronunció ante el auditorio de la Universidad de Basilea, que esperaba con expectación la palabra del sabio de 24 años, fue sobre la personalidad de Homero y satisfizo a los más exigentes. Fue como una valiente profesión de fe, llena de grandes esperanzas en las que se percibía como una amenaza futura de profundas innovaciones.
Cabe señalar que Basilea está cerca de Lucerna, donde vivía el matrimonio Wagner y al que hacía muchas visitas, quedando profundamente influenciado por él... o por los medios de persuasión de su joven esposa (es difícil y también supérfluo investigar sobre estas relaciones), que el, más tarde, convertiría en Ariadna.
Apenas llevaba un año como catedrático en Basilea, estalló la guerra franco-prusiana. Los estatutos de Suiza prohibían empuñar las armas, y se alistó como voluntario en un cuerpo de ambulancias que acompañaba a los heridos que se dirigían desde el frente de Lorena, hacia el interior de Alemania. En Erlangen, sufrió el contagio de una epidemia de disentería y volvió enfermo a Naumburg. La convalecencia la fue a pasar a Basilea y de nuevo se pone en contacto con el matrimonio Wagner. Pero todo parece haber cambiado para él. La horrible verdad de los campos de batalla le presenta nuevas perspectivas para la visión histórica. Wagner le empieza a parecer un viejo ídolo rodeado de imbéciles al cual él sobrepasa ya por su experiencia de sangre. En la guerra ha visto el realismo del drama tal cual, sin idealizaciones, sin romanticismos de cámara...
Alentado por Wagner, al que todavía sigue considerando como a un genio, empieza a escribir el libro que finalmente llevará el título de “El Nacimiento de la Tragedia en el Espíritu de la Música”. Este libro vio la luz en 1871. Aparece claro un primer propósito: la glorificación de Wagner, al considerar que este compositor tiene sus antecededentes en la tragedia griega y que su vocación es la de encontrar mediante otra mitología la tradición de Esquilo y renovar la tragedia que Platón y la moral socrática habían hundido. Una atenta lectura viene a demostrarnos que a pesar del entusiasmo que Wagner demostró por la obra (la teorización de sus dramas musicales), el contenido sobrepasa en mucho tal primera intención.
Por primera vez nos es presentada el alma griega pre-socrática, no unilateralmente como hasta entonces; de armonía, medida, equilibrio, o sea apolínea, sino también lo que oscuro, caótico, instintivo había en el drama y en la música griega, representada por el dios Dionisios.
El espíritu dionisíaco es decir SI a lo más duro, al dolor, a la muerte misma, más allá del terror y la compasión. Es éste un espíritu irracional, emotivo y sobre todo un acto de AFIRMACION A LA VIDA más allá del bien y del mal.
Con Sócrates, primer racionalista y primer “cristiano” junto con Platón, primer socialista utópico, primer idealista, darán paso al bien y al mal, a la moral como regla máxima, en una palabra, los resentimientos de los decadentes contra la vida. Todo esto lo intuye y lo plasma Nietzsche eh ésta, su primera obra, con la cual da al traste con las teorías al uso sobre los griegos. Sus excepcionales dotes de psicólogo descubren los orígenes de la decadencia que se había bautizado con el nombre de idealista. Oigamos a Nietzsche: “El conocimien­to, el decir sí a la realidad, es una necesidad para el fuerte, así como son una necesidad para el débil, bajo la inspiración de su debilidad, la cobardía, y la huída frente a la realidad, el ideal”...
Tiene que advertirse que el deseo que existe entre algunos nacional-revolucionarios de renovar tiempos pasados que de manera patológica han quedado grabados en ellos como única solución, es una manera como otra de huir al ideal. Podemos catapultamos desde atrás pero no volver hacia ello, el HOMBRE NUEVO no surgirá de entre estos últimos, más bien serán las remoras en el largo camino, el animal de rebaño ha quedado superado. “Ha llegado la hora del gran desprecio”. Esta es nuestra consigna, así lo dijo Nietzsche.
Continuando con “El nacimiento de la tragedia”, el estupor que causó la obra fue en dos tiempos; primero un silencio total, roto solamente por Wagner y Erwin Rohde, después, los viejos filólogos, enemigos de Ritchl —muy preocupados como decía Voltaire “en restituir mal una palabra de un texto que antes se entendía muy bien”—, aprovechan para atacarle en la persona de su joven ex-alumno, al que llegan a considerar como corruptor de la juventud universitaria. Y, efectivamente, en esta obra precisamente, la moral toda y el idealismo platónico reciben un fuerte mazazo y de frente.
Acaba de nacer algo que destruye lo establecido, por SUPERACION, por algo más aristocrático. Y sólo es el principio. El esbozo de un gran arquitecto del pensamiento; el Zarathustra y el Anti-Cristo aún están lejos.
Debemos recalcar, nunca lo haremos bastante, que la destrucción de lo establecido la realiza Nietzsche por SUPERACION y decimos esto porque cualquier comparación que se haga de este genial filósofo y psicólogo con los de tendencias materialistas y positivistas es una enorme falta de visión, y más que eso, una falta de limpieza. La habitabilidad de las cloacas es para estos últimos, no para el autor de Zarathustra.
Lo cierto es que los alumnos, influenciados por pedagogos moralis­tas, dejaron de asistir a sus clases y tuvo que dejar la Universidad.
La segunda obra de Nietzsche, fueron las cuatro “Consideraciones Intempestivas”, y son, uu ataque frontal, no sólo al idealismo y a la moral sino también a la cultura en general que predomina en Europa y en Alemania sobre todo.
Antes de hacer un somero examen de las “Intempestivas”, nos fijaremos en un detalle; en toda la obra nietzscheiana se nota ininterrumpidamente un ataque hacia lo alemán o más bien un justo reproche a ciertos alemanes. Acusa a éstos de haber embrollado a Europa en todos los asuntos, ya sean filosóficos, teológicos o éticos; desde la reforma hasta los primeros tiempos del socialismo. Un defecto de Nietzsche es el de no conceder atenuantes, él mismo lo dirá: “Un sí, un no, una línea recta, una meta”, esa fórmula tan directa no ha sido jamás comprendida en su medida y se lo ha tomado al pie de la letra —una forma cualquiera de no comprenderlo en absoluto—. Podemos advertir que desde el Renacimiento, o mejor desde la reforma luterana, si exceptuamos a Descartes, todas las grandes corrientes del pensamiento han partido de Alemania, para bien y para mal. Considera  culpables a los alemanes de haber producido un Lutero, un Kant, un Hegel, un socialismo incipiente, etc. y con ello haber ahogado el espíritu europeo, las esperanzas que de por sí podían esperarse del Renacimiento como vuelta a la antigüedad clásica. En este punto le pasa desapercibido un detalle: cuando una nación toma el mando en una o varias ramas determinadas de la historia o del pensamiento, es señal de que las demás han perdido por variados motivos su fuerza vital. Esto es ni más ni menos lo que pasó en las ciudades y principados italianos, bastante más preocupados por un renacimiento completamente exterior, sin una originalidad espiritual, primordial, todo lo cual fue suficiente para que fueran otras razas más al norte, menos contaminadas, las que en un esfuerzo por replantearse una nueva concepción del mundo, unos apoyos en un mundo tambaleante, intentaran con más o menos éxito la instauración de una nueva moral, tal fue el sistema de Kant, o intentaran una nueva explicación de la historia como hizo Hegel. Lo cierto es que el norte de Italia era ya incapaz de llevar la nave cultural de Europa y que los señores de la guerra germánicos tuvieron que convertirse al punto en filósofos y teólogos, con la rigidez que de ello puede esperarse.
Esto y el hecho de que él viviera en los tiempos del romanticismo, de la unidad alemana —con el sentimentalismo que ésto lleva implícito—, de los eruditos y filisteos cultivados con los que le tocó convivir, puede dar una idea de su repudio a la cultura alemana del momento. Pero ¿se ha visto que sienta predilección por otra cultura contemporánea? No, admira a algunos franceses y con reparos a los ingleses les llama moralistas satisfechos, a los italianos y españoles contemporáneos ni los nombra, en cuanto a los rusos, ve en ellos, junto con los judíos, una fuerza enorme, un peligro que puede “ayudar” a la formación del estado nacional europeo —aunque no adivina exactamente en qué sentido se producirá esta fuerza—.
Hecho este nuevo inciso, vayamos a la “Primera Intempestiva”, que va dirigida contra David Straus, un acertado blanco, arremete contra uno de los patriarcas del racionalismo positivista y determina que, como Hegel, hacen descansar la necesidad del mecanismo universal en la misma razón. En “Ecce Horno” dice él: “proponía una superación de la religión de raiz más o menos feurbachiana, en la que desaparecía el dogma de Cristo para ser sustituído por un evangelio de cervecería”.
La “Segunda Intempestiva”, va dirigida “sobre la utilidad de los estudios históricos”. “La cultura actual produce sabios, filisteos, pero no es capaz de crear hombres que hagan ellos mismos la Historia”. En esta obra, presenta Nietzsche lo corrosivo del movimiento científico y el abuso del método histórico. De la Historia hay que retener lo necesario y luego tener el valor de superarlo. A los que pretenden que la Historia les proporcione únicamente abundancia de datos les llama “filisteos cultivados”.
La “Tercera Intempestiva” o “Schopenhauer como Educador” es un elogio a Schopenhauer, el mejor educador, según los principios de Nietzsche. Pero, en realidad, años más tarde, cuando escribe el “Ecce Horno”, dirá: “En Schopenhauer educador, viene descrita la historia de mi desarrollo interior”.
La “Cuarta Intempestiva: Wagner en Bayreuth” expone la gloria que él soñara para Bayreuth y que la realidad había frustrado. El aspiraba a un wagnerianismo más puro que no necesitara de la gloria de la masa, y que de allí surgiera el germen de una minoría escogida en pos de una nueva era. Esta obra, en realidad, es un Wagner que lleva superpuesto a Nietzsche.
 
 

Cuando Wagner recibió esta obra, no vio más que los elogios que le tributaba el filósofo, no se dio cuenta de que, en el fondo, Nietzsche, posiblemente sin ser consciente de todo, le despreciaba y rompía su dependencia con él. Por eso, Wagner le escribe calurosamente, rogándole que venga pronto a los ensayos de los Festivales de Bayreuth. Nietzsche duda en asistir, pues sabe que ello significará su ruptura definitiva con el genio musical. Por fin, asiste y la decepción no se hace esperar. Nietzsche ve un Bayreuth adornado de colgaduras, de banderas, de jolgorio, más para honrar al Emperador Guillermo I, que para el drama musical en sí. Escucha multitudes vociferantes y alegres como en una feria y ve que gran cantidad de público celebra su wagnerianismo mediante buenas dosis de cerveza. Allí encuentra vertidos la élite de la nobleza, de la banca y del snobismo. ¡Cuán diferente se lo había imaginado Nietzsche, lleno de multitudes silenciosas y respetuosas en busca de un Nuevo Retorno!


 

Aquí es precisamente donde Nietzche rompe con todos los convencionalismos, escribe “Humano, Demasiado Humano”, que se cruza con la obra que Wagner le envía a pesar de todo: “Parsifal”.



En él, Nietzsche, en forma aforística y con precisión de cirujano, pone al descubierto todo lo demasiado moral, demasiado pequeño que existe: en el estado, en la religión, en la moral, en las mujeres, en los idealistas...
En 1881, publica “Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales. Igual que en su anterior libro, éste es también una crítica, pero aparecen ya los remedios, la llamada a las fuerzas ascendentes para que, mostrándoles el camino, se liberen de la alienación que los débiles ejercen mediante la moral o la teología, o que bajo nuevas formas pretenden seguir ejerciendo: liberalismo, materialismo, socialismo...
Aquí, el filósofo prepara los tiempos futuros. La consigna que insinúa y que dará ampliamente en “Más allá del bien y del mal. (Prelucios de una filosofía del futuro)” es: La necesidad de formar nuevos jefes rectores de la humanidad imbuídos de nuevas ideas, y para formar estos espíritus, esta élite, nada mejor que las privaciones y la soledad. Recuérdese el capítulo de la vida de Adolf Hitler en Viena, huérfano, sin recursos, soportando penurias de todo tipo, soledad ante todo, pero no abandonándose ante la desolación, sino preparándose para afrontar un nuevo futuro, mediante la observación, la lectura, el discernimiento. Después de los cuatro años de guerra, voluntario en el frente, condecorado con la Cruz de Hierro de primera clase, las heridas, su impresión de la retaguardia. Parece concordar punto por punto con lo que Nietzsche pensaba antes de lanzarse al “Eterno Retorno”.
Eran los tiempos en que el socialismo se presentaba como una redención y, según opinión de Nietzsche, no sería posible pararlo  y había que resignarse a verlo crecer. Pero a esta amenaza que quiere destruir todo lo digno que queda todavía en pocos, es preciso oponer nuevos hombres. Invoca una nueva aristocracia intelectual y guerrera, pero con una nueva pasión. Recuérdese al punto las escuelas “Adolf Hitler” de formación de mando y sobre todo a las S.S., élites donde las halla: honorabilidad demostrada, valor igualmente demostrado, excelente salud. mínimo seis años de bachillerato, etc.
En “La Gaya Ciencia”, Nietzsche afirmará más esta ideología, diciendo que no basta la inteligencia —con ser importante—, es preciso la pasión. la voluntad de poder. para llegar al camino de la verdad.

 
 
sonsoles
02 August 2009 @ 01:13 pm
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Es importante señalar que ya en “Aurora” Nietzsche da a la Raza una equilibrada importancia y que como todo su pensamiento filosófico o político no se circunscribe en ser alemán sino europeo. En el aforismo 272 dice así: “LA PURIFICACION DE LAS RAZAS.— No hay probablemente razas puras, sino tan sólo depuradas, y aún estas son extraordinariamente raras. Las más extendidas son las razas cruzadas, en las cuales, junto a defectos de armonía en las formas corporales, se observan necesariamente faltas de armonía en las costumbres y en las apreciaciones. (Livingstone oyó decir una vez: “Dios creó a los blancos y a los negros, y el diablo a los mulatos”).”

“Las razas cruzadas producen a la par que civilizaciones cruzadas, morales cruzadas también; son generalmente las más crueles, más inquietantes y peores. La pureza es el último resultado de innumerables asimilaciones, absorciones y eliminaciones, y el progreso encaminado hacia la pureza se manifiesta en que la fuerza existente en una raza se restringe cada vez más a ciertas funciones escogidas, mientras que antes se tendía frecuentemente a realizar demasiadas cosas contradictorias. Esta restricción presentará siempre apariencias de empobrecimiento; pero hay que juzgarla con prudencia y equidad. Cuando el proceso de la depuración se ha ultimado, todas las fuerzas que antes se perdían en la lucha entre cualidades sin armonía se encuentran a disposición del conjunto del organismo; por eso las razas depuradas se hacen siem­pre más fuertes y más bellas. Los griegos (pre-socráticos) nos ofrecen el ejemplo de una raza y de una civilización depurada, y es de esperar que se logrará algún día la creación de una raza y de una civilización europea pura”.

La “cría” y la depuración de la raza fue la religión auténtica de Hitler y debería serlo de Europa entera y de todos los países blancos; esta es un labor para el futuro, ésto es un ideal, lo demás charlatanería pedante y sólo eso. Con cuánta razón decía el judío Karl Marx que la única manera de dominar Europa era mediante el “knut” (látigo mogol) y con la mezcla de sangre calmuca.

Es curioso y grotesco observar hoy día y en España, que los más grandes vocingleros de autonomías, defensa de la cultura autónoma como un bien inapreciable, etc. no tienen el más mínimo sentido higiénico a la hora de aceptar a negros, moros, etc. Al mismo tiempo que sienten una gran admiración por el pueblo judío, que ha permanecido lo más cerrado posible en sus costumbres y emparejamientos, a la vez que atacan despiadadamente a la Alemania Nacionalsocialista por haber intentado hacer algo parecido... Precisamente en “Aurora” dice Nietzsche: “Allí donde radican nuestras debilidades van a extraviarse nuestras exaltaciones. El principio: “Amad a vuestros enemigos” tenía que ser inventado por los judíos, los mejores ABORRECEDORES que ha habido en el mundo...” Pero no nos ocupemos más de ellos y que se resuelvan su jeroglífico mental. Pasemos por fin al CICLO DEL ETERNO RETORNO

Este es el esfuerzo más grande realizado en el Occidente de los tiempos modernos para recuperar la ley cíclica, superar la linealidad del pensamiento de las religiones cristiano-monoteistas y el evolucionismo materialista. Es el pensamiento trágico en su más amplia esencia; es un constante decir SI a la vida tal cual y aceptar cada instante de ésta, como si poseyera un valor eterno.

Nietzsche esbozó este pensamiento en tres libros: “La Gaya Ciencia” escrita en Mesina en 1882; “Así Habló Zarathustra” que consta de cuatro partes, que fueron escritas por etapas y a golpes de inspiración y, por ultimo, “Más allá del Bien y del Mal (Preludio de una filosofía del futuro)”.

Como dirá el propio Nietzsche en “Ecce Horno”, la esquematización de este pensamiento lo tuvo un año antes, en Sils-María: “...a seis mil pies de altura sobre el nivel del mar y mucho más alto sobre el de los humanos”.

“La Gaya Ciencia” corno su nombre indica, es una alusión, un querer retomar, al pensamiento, al lenguaje y a la poesía de los trovadores del medioevo provenzal (Ver “El Misterio del Grial” de Julius Evola). Pero, en síntesis, es la condenación absoluta y completa del intelectua­lismo. Es también un gran esfuerzo para entender el auténtico significa­do de la “muerte de Dios” y el auténtico sentido del ateismo, lejos de las vulgaridades del materialismo científico.

“Así habló Zarathustra” es un libro que como los “Himnos védicos” o “La Biblia” justifican toda una cultura. El modo de expresarse está por de pronto mucho más cerca de ellos que del tono discursivo y racionalista. Todo está en él: la tradición, la gran psicología, el ritmo (el tempo) del trovador provenzal, la refutación de la Biblia —más concretamente el Nuevo Testamento— punto por punto, la revelación o la gran intuición. ¡Qué lejos del racionalismo cartesiano! ¡Qué antítesis de la lógica de Hegel!

Expuesto al modo convencional, las cuatro partes del “Zarathustra” se dividen en los siguientes temas: 1) El Superhombre. 2) La Muerte de Dios. 3) La Voluntad de Poder. 4) El Eterno Retorno de lo Idéntico. La obra se encuentra a otro nivel de lectura y de recepción que las habituales piezas teóricas; es otra concepción del mundo.

Bien merece, pues, aunque sea un breve resumen de estos postulados. ¿Qué es el Superhombre?

Cuando Zarathustra, tras diez años de soledad en la montaña se dirige de nuevo a la ciudad, dice al pueblo: “Os enseño el sobrehumano”. El sobrehumano es en realidad el hombre superado, la evolución ascendente.

“Habeis hecho el camino que va del gusano al hombre y aún teneis mucho de gusano en vosotros. En tiempos fuisteis simios y, aún ahora, el hombre es más simio que ningún simio.

“Aun el más sensato de vosotros no es todavía sino un ser híbrido e inconexo, medio planta, medio fantasma. ¿Os he pedido volveros fantasmas o plantas?”

Según Nietzsche, el hombre actual es algo incompleto y tiende a la regresión. El hombre debe tender a más que él. Es un PUENTE dice, y no un TERMINO.

Una lectura superficial y “clásica” de esto, pudiera inducir a creer en una transformación de tipo zoológico. “El sobrehumano, es el sentido de la tierra. Yo os lo conjuro. ¡Oh hermanos míos!, PERMANECED FIELES A LA TIERRA. No creais a aquellos que os hablan de esperanzas supraterrestres”. El sentido de la tierra es la aceptación de LA VOLUNTAD DE PODER, la toma de consciencia que está en el hombre, que es suya, que no es emanada de los dioses. Los dioses no son más que los productos del miedo profundo que el hombre sien­te respecto a su propia fuerza.

La expresión alemana de “Voluntad de Poder” (der Wille zum Macht) tiene un significado algo diferente; significa literalmente LA VOLUNTAD TENSA HACIA EL PODER ACTUANTE. Indica así que la voluntad, por su misma naturaleza, está empeñada en el camino del poder.

¿En qué consiste el poder? Nietzsche declara: “La lucha por la existencia, esa fórmula designa un estado de excepción. La regla es más bien la lucha por el PODER, la ambición de TENER MAS Y MEJOR, y más APRISA y más A MENUDO”.

“DIOS HA MUERTO”

En diversas ocasiones, Nietzsche repite que “Dios ha muerto”. Esto no significa en realidad el alejamiento del hombre moderno respecto a la religión. Dios ha muerto, como dice Heideger, es una fórmula que hay que interpretarla a la luz de la Historia del pensamiento occidental; significa que la creación de seres divinos y de valores supraterrestres es una etapa caduca de la humanidad. “Dios ha muerto, pero los hombres no lo saben todavía”. Y cuando Zarathustra lo comunica al pueblo, éste tiene miedo de comprender. Es porque con la muerte de Dios mueren también todas las morales contrarias a la vida, las morales de piedad, de compasión, de caridad, de igualdad; esas morales hechas para la masa, pero fatales para las individualidades superiores. El sobrehumano es aquel que no solamente sabe que “ese viejo Dios ha cesado de vivir, que está muerto y bien muerto”, sino que de ello saca las consecuencias, es decir: derriba los valores tradicionales, caducos, y VUELVE a la verdad, a la ingenuidad de la infancia, fuerte, sana, alegre y optimista.

“EL ETERNO RETORNO DE LO IDENTICO”

En una célebre parábola, Zarathustra describe las tres metamórfosis del espíritu: el espíritu se torna CAMELLO, el camello LEON, el león en NIÑO. El camello representa el espíritu de un animal de carga, se arrodilla perfectamente amaestrado para ser cargado con lo más pesado, por más que la carga le aplaste. Luego el espíritu del camello se subleva y se torna en el espíritu del león. El león es el enemigo del ultimo amo y del último Dios (“el nihilismo”); quiere medirse con el “gran dragón”. “El nombre del gran dragón es “debes”, pero el alma del león dice “quiero”... Todos los valores han sido creados en el pasado y la suma de todos los valores soy yo”. El león entonces entabla batalla, vence y se libera; pero su actitud es de negación, de destrucción, es la “pleamar del nihilismo”. Pero si el león es capaz de conquistar una libertad que después no sabe que hacer con ella y que tiende a destruirle, no tiene otro remedio que convertirse en NIÑO.

Porque el niño es inocencia pura y olvido, es un nuevo comienzo, una afirmación total; a él le tocará crear nuevos valores. La evolución hacia la infancia es ni más ni menos que un retorno. Este es el sobrehumano. Y es así como la idea de un retorno va íntimamente ligada en el pensamiento de Nietzsche, con la superación del hombre y el advenimiento del superhombre.

Este proceso sincroniza en muchos de sus aspectos con los ciclos cósmicos de la tradición hindú, que lleva el nombre de “Manvantara”, el cual se divide en cuatro etapas, que señalan otros tantos períodos de auge y de progresiva decadencia. Actualmente, según dicha tradición, nos encontramos en pleno “Kali-Yuga” o “edad sombría”. Al final de esta etapa que es de destrucción total (no forzosamente destrucción física), surge el período “Kitra-Yuga” o de formación de nuevos valores (empieza el ciclo olímpico).

Como puede verse sólo después de recorrer con meditación y discernimiento los pasajes de la tradición primordial (inmutable): la Vedanta, los Upanishads, el Avesta, la Alquimia, etc. , y sin dejarse llevar por un snobismo muy en boga (o sea, pretender ser un profeta o un iluminado), se está en condiciones de una correcta, no digo total, interpretación del “Zarathustra”.

El mismo Nietzsche dirá en “Ecce Horno”: “Algún día se sentirá la necesidad de instituciones en que se viva y se enseñe corno yo se vivir y enseñar; tal vez, incluso, se creen entonces también cátedras especiales dedicadas a la interpretación del “Zarathustra”. Pero estaría en completa contradicción conmigo mismo si ya hoy esperase yo encontrar oidos y “manos” para “mis” verdades: que hoy no se me oiga, que hoy no se sepa tomar nada de mi, eso no sólo es comprensible, eso me parece incluso lo justo. No quiero ser confundido con otros, —para ello, tampoco yo debo confundirme a mí mismo con otros”.

¿Petulancia? No diré ni que sí ni que no, sólo puedo afirmar que he leído el “Zarathustra” varias veces y cada vez lo descubro de nuevo. Es una ascensión a altas cumbres que debe hacerse con muchas escalas; que gracia me hacen los que intentan enterarse de Nietzsche empezando por el “zarathustra”...

MAS ALLA DEL BIEN Y EL MAL termina el ciclo del “eterno retomo”. La luminosidad solar y el simbolismo del “Zarathustra” ya no se encuentran en él; es la plasmación en conceptos de su filosofía, expresada en forma lírica en su anterior obra. En el “Zarathustra” Nietzsche se sitúa en un macrocosmos sin tiempo ni espacio, es sencillamente TOTALIDAD. En “Más allá...” el subtítulo de la obra “Preludio de una filosofía del futuro” es suficientemente explícito. Nietzsche prevee lo que será la vida de los próximos siglos en todos los aspectos: morales, políticos y filosóficos. Ve la “pleamar del nihilismo”, el fin de la pequeña política, el peligro judío-ruso, la necesidad de “nuevos filósofos”- y nuevos jefes, la urgencia de EUROPA como nación, y da los avisos y los consejos oportunos. Esta obra es sin duda, junto con la siguiente “La Genealogía de la Moral”, el libro más destacado de la filosofía de Nietzsche —el “Zarathustra” ocupa un lugar aparte—. Si éste es de una belleza lírica impresionante, “Más allá...” es un concentrado esfuerzo filosófico. En cuanto al estilo y a la forma, según expertos en la literatura y filosofía alemana, supone el perfeccionamiento definitivo de esta lengua. Antes de él es difícil encontrar en un alemán esta sonoridad y esta flexibilidad.

Nietzsche, por medio de la Psicología introspectiva o social, elabora una filosofía sistemática. El empleo que hace de este método es riquísimo en análisis, como el del placer que para primitivos y modernos supone la crueldad, en la disección de los instintos femeninos, en el descubrimiento de la sexualidad aún en los pensamientos superiores (Freud no tardó en darse cuenta del partido que podría sacar de esto de una parte de la naturaleza, para proclamarla esencia de todo lo demás). El alma alemana es puesta al descubierto hasta en sus más mínimos detalles; la prolongada constancia de su voluntad y su escepticismo temerario y viril, que incluso en su pensamiento imprime cierto carácter militar.

Desentraña asimismo el misterio de las pasadas edades y de las presentes, de las cuales ha penetrado en los secretos que parecían más íntimos, pudiendo de esta manera captar la esencia misma de la vida. Para él, la “voluntad de poder” es la única fuerza que en último término rige al mundo. No existe ley alguna en la naturaleza que se base en la compasión, ni justicia que consista en proteger al débil; esto no es más que una degeneración del espíritu sano y vigoroso de las mejores razas de la humanidad.

La vida social no ha sido otra cosa que la explotación del hombre por el hombre. En esta lucha ha habido siempre vencedores y vencidos, dueños y esclavos, y cada uno se ha hecho su moral. La moral del po­deroso, del aristócrata, Nietzsche la proclama como norma de conducta para la minoría aristocrática de la humanidad.

Una es la moral del esclavo, otra muy diferente la del superhombre. Mientras el primero busca leyes, justicia y religión como amparo y justificación de su debilidad, el segundo prescinde de todo y se crea su propia ley. No existe el bien y el mal para el sabio verdadero, no admite que le esclavice ninguna clase de moral, goza la perfecta libertad de espíritu. El hombre que Nietzsche quiere crear, hace profesión de fe en la vida y niega que la perfección deba consistir en restringir parte alguna de sus fuerzas intrínsecas. Si se adueña de la ciencia, no es para  venerarla, sino para dominarla, y así llegar a conocimientos superiores, por cierto, bien lejos de un tecnicismo aplicado. Este superhombre siente ansias de vivir lejos de la turba, necesita la soledad, tanto como una constante tensión en el peligro. Es “Un espíritu fatalista, irónico y mefistofélico”.

Todo lo dicho demanda, desgraciadamente, una aclaración, ya que muchos “espíritus libres” se estarán relamiendo al tiempo que se comparan con este superhombre enunciado y lo interpretan a su manera. Esta es la gran fatalidad de que todo el mundo aprenda a leer: “El que todo el mundo sepa leer, corrompe a la larga no sólo el leer sino también el escribir” (“Así habló Zarathustra”).

Es necesario recordar que Nietzsche intentaba liberar tan sólo al “aristócrata de instintos” para que, precisamente, domine e imponga su ley al resto de la humanidad, y en primer término será ésta quien saldrá ganando al regir el señor natural, pues por propio instinto no se apartará de las leyes naturales (pura psicología aplicada) y si conviene para el mantenimiento de esta masa (“animal de rebaño”), inventará dioses y religiones. En el afor. 61 del “Más allá...” dice: “A los hombres ordinarios, en fín, a los más, que existen para servir y para el provecho general, y a los cuales sólo en este sentido LES ES LICITO existir, proporciónales la religión el don inestimable de sentirse contentos con su situación y su modo de ser, una múltiple paz del corazón, un ennoblecimiento de la obediencia, una felicidad y un sufrimiento más, compartidos con sus iguales, algo de justificación de la vida cotidiana, de toda la bajeza, de toda la pobreza semianimal de su alma... quizá no exista, ni en el cristianismo ni en el budismo, cosa más digna de respeto que su arte de enseñar aún a los más bajos a integrarse, por piedad, en un aparente orden superior de las cosas y, con ello, a seguir estando contentos con el orden real, dentro del cual llevan ellos una vida bastante dura. ¡Y precisamente esta viveza resulta necesaria!”

Como dije al principio, Nietzsche destruye lo establecido por SUPERACION. Ayer y hoy y siempre, los “espíritus libres”, los “librepensadores”, los eternos progresistas, los demócratas y los socialistas ¿qué y cómo destruyen? ¿qué establecen después? Estas son las preguntas que debería hacerse todo inconformista, todo revolucionario auténtico y todo el que no quiera alienarse con las “Superestructuras”.

Nietszche responde también hoy desde el “Más allá...”:

 “Nosotros los que somos de otra creencia, nosotros los que consideramos el movimiento democrático no meramente corno una forma de decadencia de la organización política, sino como forma de decadencia, esto es, de empequeñecimiento, del hombre, como su mediocrización y como su rebajamiento de valor, ¿A donde tendremos que acudir nosotros con nuestras esperanzas?. A NUEVOS FILOSOFOS, no queda otra elección; a espíritus suficientemente fuertes y originarios como para empujar a valoraciones contrapuestas y para transvalorar, para invertir “valores eternos”; a precursores, a hombres del futuro, que aten en el presente la coacción y el nudo, que coaccionen a la voluntad de milenios a seguir nuevas vidas. Para enseñar al hombre que el futuro del hombre es voluntad suya, que depende de una voluntad humana, y para preparar grandes riesgos y ensayos globales de disciplina y selección destinados a acabar con aquel horrible dominio absurdo y del azar que hasta ahora se ha llamado Historia —el absurdo del “número máximo” es tan sólo su última forma—: para esto será necesaria en cierto momento una nueva especie de filósofos y de hombres de mando, cuya imagen hará que todos los espíritus cultos, terribles y benévolos que en la tierra han existido aparezcan pálidos y enanos. La imagen de tales jefes es la que se cierne ante nuestros ojos: - ¿me es lícito decirlo en voz alta, espíritus libres? Las circuns­tancias que en parte habría que crear y en parte habría que aprovechar para que aquellos surjan; las sendas y pruebas presumibles mediante las cuales un alma ascendería hasta una altura y poder tales que sintiese la COACCION de realizar tales tareas; una transvaloración de los valores bajo cuya presión y martillo nuevos una consciencia se templaría, un corazón se transformaría en bronce, de modo que soportase el peso de semejante responsabilidad; por otro lado, la necesidad de tales jefes, el espantoso peligro de que puedan faltar o malograrse o degenerar —éstas son NUESTRAS auténticas preocupaciones y ensombrecimientos, ¿lo sabéis, espíritus libres?, éstos son los pensamientos y borrascas pesados y lejanos que atraviesan el cielo de NUESTRA vida. Existen pocos dolores tan agudos como el haber visto, el haber adivinado, el haber sentido alguna vez cómo un hombre extraordinario se apartaba de su senda y degeneraba: pero quien posee el raro ojo que permite ver el peligro global de que “el hombre” mismo DEGENERE, quien, como nosotros, ha conocido la monstruosa casualidad que hasta ahora ha jugado su juego en lo que respecta al futuro del hombre — ¡un juego en el que no intervenía ninguna mano y no siquiera un “dedo de Dios”!—, quién adivina la fatalidad que se oculta en la idiota inocuidad y credulidad de las “ideas modernas”, y más aún en toda la moral europea-cristiana: ése padece una ansiedad con la que ninguna otra es comparable, él abarca, en efecto, de una sola mirada todo aquello que, con una favorable concentración e incremento de fuerzas y tareas, podría SACARSE DEL HOMBRE MEDIANTE SU SELECClON, él sabe, con todo el saber de su conciencia, cómo el hombre no está aún agotado para las posibilidades máximas, y con cuanta fre­cuencia el tipo de hombre se ha encontrado ya frente a decisiones mis­teriosas y frente a nuevos caminos: —y sabe más aún, por su dolorísimo recuerdo, contra qué cosas miserables ha chocado hasta ahora de ordinario un ser de rango supremo en su evolución, naufragando, rompiéndose, deshaciéndose, hundiéndose, volviéndose miserable. La DEGENERACION GLOBAL DEL HOMBRE, hasta rebajarse a aquello que hoy les parece a los cretinos y majaderos socialistas su “hombre del futuro”, ¡su ideal!, esa degeneración y empequeñecimiento del hombre en completo animal de rebaño (o, como ellos dicen, en hombre de la “sociedad libre”), esa animalización del hombre hasta convertirse en animal enano dotado de igualdad de derechos y exigencias son POSIBLES, ¡no hay duda! Quien ha pensado alguna vez hasta el final esta posibilidad conoce una náusea más que los demás hombres, — ¡y tal vez también una nueva TAREA!...”. (FILOSOFAR CON EL MARTILLO).

La aristocracia que Nietzsche propone, no debe confundirse de ninguna manera con las actuales clases sociales: aristocracia ¿?, plutocracia, clase obrera, burocracia, etc., pues esos son los “viejos dragones”.

¿Qué es para él la casta aristocrática?: “La casta aristoérática ha sido siempre al comienzo la casta de los bárbaros: su preponderancia no residía ante todo en la fuerza física, sino en la psíquica —eran hombres MAS ENTEROS (lo cual significa también, en todos los niveles, “bestias más enteras”).

Y sobre la corrupción de las aristocracia dirá: “Cuando por ejemplo, una aristocracia como la de Francia al comienzo de la Revolución arroja lejos de sí sus privilegios con una náusea sublime y se sacrifica a sí misma a un desenfreno de su sentimiento moral, esto es corrupción”.

Tampoco según él, surgirá esta élite entre los intelectuales de las ideas modernas: “En los denominados hombres cultos, en los creyentes de las “ideas modernas”, acaso ninguna otra cosa produzca tanta naúsea como su falta de pudor, su cómoda insolencia de ojo y de mano, con la que tocan, lamen, palpan todo; y es posible que hoy en el pue­blo, en el pueblo bajo, sobre todo entre los campesinos, continúe ha­biendo más relativa aristocracia del gusto y más tacto del respeto que entre el semimundo del espíritu, que lee periódicos entre los cultos”.

La coincidencia con Hitler en su desprecio a esta capa intelectual de “ideas modernas”, se pone claramente de manifiesto en un discurso del Führer a los futuros mandos del Partido: “Ahora tenemos una capa intelectual que carece por completo de valía, una capa superficial, malformada en su educación, judaizante en parte. Naturalmente esta capa social dice: “No podemos hacer eso...” Poseo la suficiente experiencia con esta gente para saber que no tienen importancia alguna, que cualquier obrero de la calle tiene realmente mil veces más valor, pues éste trabaja y realiza algún cometido útil, en tanto que esa gente no hace más que charlatanear, no haciendo nada posi­tivo. Cuando uno los pone en cualquier sitio y les dice: “Bueno, haga Vd. alguna cosa, déjese ya de hablar y haga algo”, entonces se lleva uno de los mayores desengaños. Lo he comprobado cientos de veces en la vida real. No son ni serían capaces de llevar la jefatura del más pequeño grupo local; carecerían de toda facultad para ello; lo único que puede hacérseles es ponerles un bozal y decirles: “Usted, a callar; déjese de hablar, póngase detrás y en marcha! ¡Vamos, adelante!”.

A Nietzsche puede considerársele sin género de dudas, como el primer Nacional-revolucionario-europeo, no se cierra en un nacionalismo estrecho. Como hemos visto en un capítulo de “Aurora” es el primero en ver la necesidad de la formación de la raza europea, ahora lo veremos profetizar sobre el peligro que se cernirá sobre Europa en este siglo y la necesidad de que Europa se encuentre a sí misma y forme una nación: no sólo guerras en la India y complicaciones en Asia, sino revoluciones internas, la desmembración del Reich en pequeños cuerpos y, sobre todo, la introducción de la imbecilidad parlamentaria, además de la obligación para todo el mundo de leer su periódico durante el desayuno. Yo no digo esto porque lo desee: antes bien, yo desearía lo contrario, —quiero decir, un aumento tal de la amenaza representada por Rusia que Europa tuviera que decidirse a volverse amenazadora en esta misma medida, estos es, a ADQUIRIR UNA VOLUNTAD UNICA mediante el instrumento de una nueva casta que dominase sobre Europa, a adquirir una voluntad propia prolongada, terrible, que pudiera proponerse metas para milenios:— para que por fin acabasen tanto la comedia, que ha durado demasiado, de su división en pequeños estados como sus veleidades dinásticas y democráticas. El tiempo de la política pequeña ha pasado: ya el próximo siglo trae consigo la lucha por el dominio de la tierra, —la COACCION a hacer política grande”.

Basta recordar que la única vez en los tiempos modernos que Europa se ha unido contra Rusia, más concretamente contra el bolchevismo fué en la campaña del Este durante la Segunda Guerra Mundial:

los españoles en la División Azul, franceses, belgas, holandeses, ucranianos, lituanos, suecos, noruegos, etc., formaron en las filas de las Wafen SS junto con sus camaradas europeo-alemanes. Hitler no dejaba de recordar a los incautos occidentales, que esta era una guerra de Europa contra “Asia” y que si el Reich —Marca Europea del Este— era destruido, los días de la civilización Occidental estaban contados. Basta dar un superficial vistazo para aseverarse de tal afirmación. Quizás el Destino ha querido que la nueva élite se forje en condiciones mucho más duras y desfavorables. Evidentemente quedaban en Occidente demasiados “viejos dragones”, quizás el “león” no había destruido todos los viejos valores, no se había saciado.

LA GENEALOGIA DE LA MORAL es seguramente el libro menos alegre, más sombrío de Nietzsche, pero el más estructurado y sistemático. En él busca el filósofo todas las miserias e interioridades humanas presentes y pasadas para llegar al pleno conocimiento del problema moral. Podríamos decir que es una depuración de su “Humano, demasiado humano”.

“¿Que origen se debe atribuir en definitiva a nuestros conocimientos sobre el Bien y el Mal?” “¿En que condiciones ha inventado el hombre para su uso estas dos apreciaciones? ¿Y que valor poseen por sí mismas”.

Con rotundidad, sin vacilación, se ha atribuido hasta el presente a lo “bueno” un valor superior a lo “perverso”, superior en sentido de progreso, de utilidad, de influencia fecunda para el hombre. ¿Qué sucedería si lo contrario fuese cierto? ¿Qué si en el hombre “bueno” hubiese un signo de retroceso, un peligro, un narcótico que hiciera vivir al presente “a costa del porvenir”, de una manera más inofensiva, más agradable tal vez, pero más mezquina, más baja.... ¿Sería la moral de entre todos los peligros el peligro por excelencia?

El libro se divide en tres tratados: “El Bien y el Mal”, “La Falta”, y “La mala conciencia y lo que se le parece”.

Finalmente y después de haber analizado exhaustivamente estos tres conceptos, Nietzsche afirma que el verdadero tipo de filósofo no ha aparecido todavía, puesto que es imprescindible que esté emancipado de la Religión y de la Moral. No obstante propone un medio para liberarnos del misticismo y al mismo tiempos ayudarnos a orientar nuestras vidas en un sentido alegremente filosófico. Opina que a los ascetas hay que oponer una civilización de Arte con una decidida voluntad, al mismo tiempo que realizar esfuerzos sin reparar en medios para la construcción de una sociedad perfectamente jerarquizada. Esta nueva civilización habría que triunfar bajo el signo del dios Dionisos.

CREPUSCULO DE LOS IDOLOS Y EL ANTICRISTO

“Estos dos libros están destinados a los menos, a los que comprenden mi “Zarathustra”. Quizá no haya nacido ninguno de ellos todavía”.

En el verano de 1888 Nietzsche se propone una árdua labor, está ya maduro para una síntesis de sus vivencias y de su filosofía que hasta ahora eran ráfagas de inspiración. Las profecías y los conceptos que están dispersos o solamente apuntados en todos sus libros deben ser remodelados y concentrados en uno solo, “Transvaloración de todos los valores”. Toma notas, apuntes, ordena, recopila y esboza el índice de temas del libro. El primero de ellos —pues en principio se tenía que componer de varios— será “El anticristo”, será el primero y último de su “Transvaloración...” pues su libro póstumo “La voluntad de poder” es una recopilación de apuntes y de notas, y se debe al editor de Weimar, que siguió las indicaciones de Nietzsche, que ya en 1887 había imaginado este libro como “un soliloquio ideal”, pero belicoso y con un estilo y una terminología militares, y al mismo tiempo como el “libro más independiente”: “Yo he dado a la humanidad el libro más profundo que ella posee, mi “Zarathustra"; dentro de poco le daré el más independiente”.

Como para relajarse del abrumador trabajo que se había impuesto, decide escribir una especie de prólogo de esta obra. En principio el título sería “Ociosidades de un psicólogo”. Pero del prólogo sale nada menos que la introducción y el resumen de toda su filosofía: “es artillería pesada” lo que desde él dispara Nietzsche. Por fín llevará el título que corresponde a su grandeza “Crepúsculo de los ídolos” y como subtítulo “Como se filosofa a martillazos”.

El libro empieza con “El problema de Sócrates” y la dialéctica, tema que había tratado ya en “El nacimiento de la tragedia”: “Con Sócrates el gusto griego da un cambio en favor de la dialéctica: ¿que es lo que ocurre aquí propiamente? Ante todo, con esto queda vencido un gusto aristocrático; con la dialéctica la plebe se sitúa arriba... Poco valioso es lo que necesita ser probado. En todo lugar donde la autoridad sigue formando parte de las buenas costumbres, y lo que se da no son “razones” sino órdenes, el dialéctico es una especie de payaso...

“A la dialéctica se la elige tan sólo cuando no se tiene otro recurso... por eso son dialécticos los judíos...” (y los socialistas científicos).

Seguidamente habla de los “mejoradores” de la humanidad, poniendo de relieve la diferencia existente entre la “doma” y la “cría” de una raza. La “doma” no es otra cosa que castrar los mejores instintos y aptitudes de una raza: nivelandola con otras inferiores, tema que ha sido fundamental en el cristianismo, sobre todo en su “doma” de la “bestia rubia” germánica. Como antítesis pone la “ley de Manú” y el valor inmenso que tuvo, al “criar” una raza y una sociedad perfectamente jerarquizada: brahamanes, guerreros, burguesía y sirvientes, además de los “chandalas” clase donde eran arrojados todos los mestizos de su sociedad, los tarados y los incapacitados físicos y morales. En “El anticristo” dirá que fue precisamente el budismo quien transformó esta jerarquización, con lo cual vino la inevitable decadencia del hinduismo y de la raza indo-aria.

Es digno de mencionar en su textual integridad los conceptos que Nietzsche tiene sobre: la libertad, el matrimonio, la cuestión obrera, y el progresismo.

“A veces el valor de una cosa reside no en lo que con ella se alcanza, sino en lo que por ella se paga... Las Instituciones liberales socavan la voluntad de poder, vuelven cobardes, pequeños y ávidos de placeres a los hombres, con ellas alcanza el triunfo siempre el animal de rebaño.

Liberalismo: dicho claramente, ANIMALIZACION GREGARIA... La guerra educa para la libertad. Pues ¿que es la libertad? Tener vo­luntad de autorresponsabilidad. Volverse más indiferente a la fatiga, a la dureza, a la privación, incluso a la vida... El hombre que ha lle­gado a ser libre, y mucho más el espíritu que ha llegado a ser libre, pisotea la despreciable especie de bienestar con que sueñan los tenderos, los cristianos, las vacas, las mujeres, los ingleses y demás demócratas. El hombre libre es un GUERRERO.”

SOBRE EL MATRIMONIO: “La razón del matrimonio, consistía en la responsabilidad jurídica exclusiva del varón: con ello el matrimonio tenía un centro de gravedad, mientras que hoy cojea de ambas piernas. La razón del matrimonio, consistía en su indisolubilidad por principio: con ello adquiría un acento que sabía hacerse oir frente al azar del sentimiento, de la pasión y del instante. Consistía asimismo en la responsabilidad de las familias en cuanto a la elección de los cónyugues. Con la creciente indulgencia en favor del matrimonio “por amor” se ha eliminado precisamente el fundamento, aquello que hacía del matrimonio una institución”.

LA CUESTION OBRERA: “La estupidez, en el fondo la degeneración de los instintos, que es hoy la causa de todas las estupideces, consiste en que haya una cuestión obrera... Yo no alcanzo a ver qué es lo que se quiere hacer con el obrero europeo, después de haber hecho de él una cuestión... Se le ha hecho al obrero apto para el servicio militar, se le ha dado el derecho de asociación, el derecho político, el voto: ¿como puede extrañar que el obrero sienta ya hoy su existencia como una situación calamitosa. ¿Pero qué es lo que se quiere?, volvemos a preguntar. Si se quiere una finalidad, hay que querer también los medios: si se quiere esclavos, se es un necio si se les educa como señores”.

Aquí aparece una contradicción en Nietzsche, o mejor dicho una falta de adivinación. En primer lugar al obrero jamás se le ha educado para señor, se le ha conscienzado para, únicamente ser apto para servir de ejército de choque en provecho de los teóricos del liberalismo y del socialismo, a los cuales y como hemos visto y veremos seguida­mente tanta repugnancia causan a Nietzsche.

Por otra parte, el filósofo, ve en el judío el elemento desitegrador por excelencia, pero le ha pasado posiblemente desapercibido la estrecha relación de éste, dueño por una parte de la alta banca con los jefes de todos los movimientos liberales y socialistas de Europa, judíos en su mayoría también. No ha podido adivinar que se trataba de una acción conjunta: sumos sacerdotes y bajo pueblo de Israel, para el ejercicio del dominio universal que como “raza escogida” se tienen reservado.

Quizá sea esta una cuestión política más que filosófica, y Nietzsche está más interesado en buscar las causas de la desistegración occidental en su propia debilitación que en el beneficiario de ello. Al fin y al cabo, yo tampoco doy la culpa al judío de la decadencia y animalización de nuestras costumbres; en todo caso la culpa la tenemos nosotros y sobre todo nuestras capas “intelectuales” y “políticas” por dejarse atrapar en sus redes. Bastaría un golpe de hombría en los medios políticos y culturales de occidente para que en un sólo día la nefasta influencia judaica dejara de inquietarnos. Este golpe tendrá que venir y no sólo de una nación como antaño, sino de Europa entera, pero para ello es necesario que la nueva élite se vaya formando sin prisa pero sin pausa. Cuando esto ocurra será señal de que Europa habrá recobrado su voluntad de poder.

Continuando con el pensamiento nietzscheiano sobre el problema obrero, esto es lo que expone en “El anticristo”; “LA quién es a quien más odio, entre la chusma de hoy? A la chusma de los socialistas, a los apóstoles de los chandalas, que con su pequeño ser socavan el instinto de placer, el sentimiento de satisfacción del obrero —que lo hacen envidioso, que le enseñan la venganza... La injusticia no está nunca en los derechos desiguales, sino en reclamar derechos iguales... ¿Que es malo? Pero su ya lo he dicho: todo lo que proceda de la debilidad, de la envidia, de la venganza. El anarquista y el cristiano son de una misma procedencia...”

“El anticristo” como muy bien dice A. Sánchez Pascual en su introducción a éste, es una hueso que hay que roer: “Quien quiera vivir a partir de Nietzsche habrá que roer este hueso de “El anticristo”; y, además, tragarlo. Y no sólo en lo negativo, cosa fácil, sino en lo positivo. No sólo en el NO, si no también en el SI oculto que aquí está encerrado. Ante la imposibilidad de hacerlo, más de uno ha acabado por arrojar, todo entero, a Nietzsche”.

Es el libro de la introspección del cristianismo: su origen judío, su teología, la transfiguración de Jesús a partir de sus discípulos y especialmente por Pablo (espíritu de Rabino), pone al descubierto la bajeza y la venganza de plebeyo que existe en las páginas del Nuevo Testamento y por último maldice a Occidente por no haber sabido crear un dios en dos milenios. El siempre propone a Dionisos.

Él democratismo, la revolución francesa y el socialismo, no hacen sino reanudar los temas del cristianismo y éste a su vez, reanuda por su cuenta todos los temas de una comunidad judía dominada por la casta de los sacerdotes, quienes para afianzar su potencia necesitan conservar una masa de oprimidos, de fracasados, de inoportunos. (Téngase en cuenta la proletarización que sufre Europa hace más de un siglo; el supercapitalismo judío está terminado, si no ha terminado ya, con la independencia de la propiedad privada —antítesis del capitalismo—, así mismo, los líderes políticos e intelectuales de tales proletarios no son sino judíos o sirvientes de estos: Marx, Rosa Luxemburgo, Lenin, Freud, Marcusse, Cohn Bendit,  etc.).

En “El anticristo” Nietzsche resume la concatenación de hechos del debilitamiento occidental que había comenzado en el “Crespúsculo de los ídolos”: de Sócrates al cristianismo, del cristianismo a la Revolución francesa y de ésta al socialismo, en formas diferentes, pronunciadas por hombres diferentes, y aparentemente antitéticos; es el mismo fenómeno de debilitación ininterrumpido que continúa. Es la DECADENCIA.

Concretando más, para Nietzsche, la Revolución francesa con sus doctrinas igualitarias, humanitarias, fraternales, democráticas, no hace sino continuar el cristianismo (¿que diría hoy en día?): “Porque la Revolución francesa es la hija y la continuadora del cristianismo, tiene ese mismo instinto hóstil a las castas, a los antiguos privilegios”.

A consecuencia de la Revolución francesa, el socialismo, “tiranía extrema ejercida por necios y mediocres, disimula mal la voluntad de negar la vida.

“Que las razas fuertes de la Europa nórdica no hayan rechazado de sí el Dios cristiano es algo que en verdad no hace honor a sus dotes “religiosas”, para no hablar del gusto. Tendrían que haber acabado con semejante enfermizo y decrépito engendro de la DECADENT. Más, por no haber acabado con él, pese sobre ellas una maldición, ¡desde entonces no han creado ya ningún Dios!”.

* *

En un día de otoño de 1889, el gran filósofo, preso de un ataque de apoplegía que terminaría con su vida, se abraza al cuello de un caballo en los arrabales de Turín para preservar al noble bruto de los malos tratos de un carretero. A partir de aquí, Friedrich Nietzsche, el filósofo, no existe ya. A los cuarenta y cinco años, en la edad dorada de la madurez y de la experiencia. Irrita esta prematura desaparición, pero a través de lo que escribió, ¿Qué más podía decirnos? ¿Hay realmente algo más que añadir?...

Para terminar, sólo añadiré que si la filosofía de Nietzsche forma un sistema es contra su expresa voluntad. Con todo, debemos y podemos hablar de la férrea contextura ideológica nietzscheiana, tanto más sólida cuanto que aparentemente no lo es.

El 25 de agosto de 1900 a la edad de 56 años muere Friedrich Njetzsche.

La revolución nacional-europea-nietzscheiana se esbozó en el III Reich alemán; éste fué derrotado, pero el recuerdo de una de sus sentencias postreras expresadas en “Ecce horno” debe ser un toque de clarín para todo nacional-revolucionario-europeo: “Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido mi nombre al recuerdo de algo gigantesco, de una crisis como jamás la había conocido la tierra... Yo no soy un hombre, soy dinamita”.

Desde los umbrales del siglo XX:

¡Gloria eterna a Friedrich Nietzsche!